La Acusación, cuentos prohibidos de Corea del Norte
En 2013 un escritor norcoreano consiguió sacar fuera de su país un manuscrito que contenía unos cuentos prohibidos que había escondido durante años.
En 2013 un escritor norcoreano consiguió sacar fuera de su país un manuscrito que contenía unos cuentos prohibidos que había escondido durante años.
Entrar y quedarme en una librería es, casi siempre, un paseo en estado de semi inconsciencia. Olfateo, deambulo, busco hacer pie, hasta que empiezo a dejarme guiar por un sistema de signos que no conozco y que se escribe solo.
Tal vez no hiciste un descubrimiento eureka, no te fue dada la gracia de la epifanía, no te fue revelado algo que tu yo más íntimo reconoce; y sin embargo, sabés, de manera difusa pero inclaudicable, que hay algo ahí.
Porque jugar es ante todo, contarnos historias, redecir las que nos llegan. Es crear allí donde no hay nada. Es imaginar que algo no es lo que es, y al revés. Es, sobre todo, no rendirse ante la evidencia, no incorporar el mantra de que las cosas son así y punto.
Alzar los ojos al cielo. Escribir. Rezar. Darse con lo infinito y permanente. Volver entonces la mirada a lo chiquito y cercano. Y que lo ancho hable de lo cóncavo. Y que el ángulo contenga lo inmenso.
Algo se escapa y quiero quedarme ahí.
¿No es esa la fascinación de la lectura?
A veces es así, cosas chiquitas como un silbido, una crisálida, un musgo, el poema de hace tanto, revelan, por fuera de los fuegos artificiales, del consumo, de la electricidad del diario vivir, que la vida está en otra parte.
Pasa de todo cuando una lee. Nombres completamente desconocidos, ecos de títulos alguna vez oídos, coincidencias obvias, sincronías extrañísimas.
He vuelto a pensar en ella muchas veces. Y en el último mes, que pasé cerca de la naturaleza y en que retomé la costumbre del diario, aún más.
El viento cambia. Entra frío, brioso. Ahora sí, las primeras gotas. Voy hasta el balcón. Abro la puerta-ventana de par en par. No me importa mojarme, ni que entre agua. Quiero que las ráfagas de viento me den en la cara, que la clorofila y el olor de la tierra mojada entren, invadan la casa.
Tengo los mejores amigos de la tierra y
los quiero de corazón, con toda mi mala memoria: ellos
sufren las angustias y las revelaciones
de esta época torva que nos toca vivir.
Paco Urondo
En Días de Santiago el espacio de la sociedad es suplantado por el mercado, siempre disponible con alternativas diversas. Una carrera corta que promete salida laboral inmediata, aunque lo que estudia no tiene nada que ver con lo que Santiago sueña: yo quiero hacer algo útil, como construir algo. Yo sé hacer de todo.
Hay algo de la oralidad que me cautiva. Escuchar es ver erigirse un paisaje ante los ojos. Y como en toda geografía, la perspectiva cuenta.
Nunca sabremos de qué materia está hecha la literatura ni cuáles son los vasos comunicantes que, a la manera de los hongos que entrelazan sus raíces por debajo de la corteza terrestre, unen -y separan- vida y sueño, imaginación y clarividencia.
A veces hago eso, si una película me conmueve de alguna manera, trato de preservar esa conmoción evitando volver a verla, como si algún hechizo pudiera romperse como consecuencia de la repetición. Como si tuviera miedo de lo que los años hacen en mí.