La Nación ¡qué gran invento!

Benedict Anderson escribió que las naciones son “comunidades imaginadas”, Eric Hobsbawm que las naciones siempre “inventaban la tradición”, Borja de Riquer que la nacionalización española fue “débil”, José Álvarez Junco analizaba cuestiones identitarias y nacionales en su Mater Dolorosa, la idea de España en el siglo XIX, Anne Marie Thiesse ha escrito sobre la nacionalización…

Benedict Anderson escribió que las naciones son “comunidades imaginadas”, Eric Hobsbawm que las naciones siempre “inventaban la tradición”, Borja de Riquer que la nacionalización española fue “débil”, José Álvarez Junco analizaba cuestiones identitarias y nacionales en su Mater Dolorosa, la idea de España en el siglo XIX, Anne Marie Thiesse ha escrito sobre la nacionalización y la creación del pasado en Francia, Billing habla de “nacionalismo banal” y las diversas formas cotidianas de nacionalización, Alejandro Quiroga ha escrito recientemente sobre los procesos de nacionalización (multidireccionales y en varias esferas) en la España del siglo XX y XXI, y Ferrán Archilés con su afirmación de que “hacer región es hacer patria” ha rebatido las teorías del fracaso nacional y débil nacionalización española.

Todos los investigadores mencionados coinciden en algo, las naciones son creaciones político- culturales desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días. Desde diversas tendencias políticas, desde distintas esferas, desde distintos territorios y clases, las naciones y los nacionalismos se han ido (y se siguen) construyendo y sintiendo de diversas formas. Los “lugares de memoria” que señaló Pierre Nora o la “cultura nacional” de la que habla Ignacio Peiró son espacios físicos y mentales donde concretamos la idea nacional. Y sobre todo lo escrito hasta aquí hay cierto consenso historiográfico.

La noción de nación que manejamos es un concepto moderno que surge en el periodo de las revoluciones liberales (con su reflujo doctrinario) y el romanticismo del siglo XIX. Se crean Estados modernos, hay una activa politización en diversos sentidos, y la Historia se usa deliberadamente como legitimación, ya sea reciente o pasada, haciendo una revisión interesada de la misma, buscando las esencias nacionales. Para una nación (y su nacionalismo) es vital enunciar que es sujeto político de soberanía, atribuyéndose poderes, y a la vez, conformar una identidad colectiva basada en una Historia que retrospectivamente se hace común y nacional.

En el caso español se podría decir que sobre el sustrato religioso católico de la Monarquía Hispánica de los Austrias (monarquía compuesta), se sobrepuso un sustrato político regio de la Monarquía de los Borbones, lo cual fue el caldo de cultivo de lo que sucedió en el siglo XIX con el Estado Liberal y la Nación Española. El amplio movimiento popular profernandino de 1808  supuso el punto de partida que conllevó que unos diputados de unas Cortes n estamentales, reunidos en la Isla de León el 24 de septiembre de 1810 proclamasen que la Soberanía reside en la Nación Española, elaborando una Constitución promulgada el 19 de marzo de 1812. A partir de ahí, las distintas culturas políticas, desde carlistas a republicanos dieron su propia versión de la Historia, la Nación y lo que debía ser España. Sin discutir su ser que todos decían era inmemorial (como todas las naciones, no iban a ser menos). Manifiestos, proclamas, óleos, pasquines, grabados, artículos, sellos, arquitectura efímera, esculturas, edificios etc. la nación aparecía en todos lugares. Hubo que esperar a la crisis fin de siglo para que otros nacionalismos alternativos la contestasen.

Ahora están de moda otra vez los nacionalismos, unos y otros, aquí y allá. Ya sean los ingleses del Brexit, los escoceses independentistas, la ultraderecha francesa, los independentistas catalanes o los nacionalistas españoles. El sentimiento identitario es normal, pero es  heterogéneo, construido, y diverso… pero cuando se convierte en “unos” y “otros”, “nosotros” frente a “vosotros”… recuerda a 1914, con el desastre que supuso… ¡menudo invento la nación!

Escrito por Baldomero Espartero



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