Las llamadas del Cielo

En esta entrega os contaré mis roces con la muerte y las curiosidades que las rodearon. La primera de ellas fue más bien un intento de encararme con ella e ir por el camino fácil. Pero el martirio es una gracia que Dios concede, a mí me concedió otro tipo de gracias, que me hicieron…

En esta entrega os contaré mis roces con la muerte y las curiosidades que las rodearon. La primera de ellas fue más bien un intento de encararme con ella e ir por el camino fácil. Pero el martirio es una gracia que Dios concede, a mí me concedió otro tipo de gracias, que me hicieron desear aún más volar hacia el Creador.

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Huida de Rodrigo y Teresa niños. Museo de la Encarnación, Ávila

Era yo una niña de siete años y mi hermano de ocho, cuando escuchando las aventuras y desventuras de mi tío y los libros de caballerías, entraronme anhelos de gloria divina, por lo que sabiendo que al sur encontrabanse los herejes que tantas vidas cristianas se habían cobrado. Rodrigo y yo decididos a morir por Cristo, nos encaminamos a tierra de moros. Pero ¡ay pobres ilusos, no era nuestro destino morir por Cristo sino vivir por Él!

Desde nuestra casa de Ávila, situada en el interior de las murallas, cerca de una de las puertas meridionales, recorrimos la friolera de dos kilómetros y medio hasta que nuestro tío que entraba en la ciudad nos descubrió, en el mirador de los Cuatro Postes. De esta manera Dios nos hizo ver que nuestro martirio no sería de sangre, sino un martirio blanco de quién vive la constancia del amor cada día.

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Jesús atado a la columna y Santa Teresa. Gregorio Fernández, 1635. Convento de Valladolid

Tras la muerte de mi padre, en el año del Señor de 1.542, atravesé lo que mi medio fraile, San Juan de la Cruz denomina la noche oscura del alma. Tras este periodo que duró diez primaveras,  mirando a Cristo atado a la columna y llagado por nuestros pecados, mi alma se trasformó de nuevo al Divino Redentor y es por ello que tantas cosas hice en bien de la salvación de las almas. Mi segundo encuentro con la muerte, fue provocada por una enfermedad a la edad de veintisiete años, mi padre cansado de remedios de médicos que nada hacían decidió llevarme a una curandera que casi me hace llevar al Reino de los Cielos. Durante tres o cuatro días estuve en estado de paroxismo, el cual no me permitía si quiera dar reacción alguna. Era pues tan grave mi estado que mi entierro, sepelio, y preparativos estaban ya dispuestos. Pero mi padre quizá movido por Dios, quizá movido por el amor a su hija, se negó a ello. Una vez desperté, simplemente pedí volver a mí convento.  Las consecuencias de este suceso me dejaron en la enfermería durante cuatro años, y solo por intercesión de mi querido San José fui sanada.

En una de las fundaciones que Dios había de querer, pasando por Alba de Tormes, caí enferma. Tanto que fue de lo último que enfermé, el 4 de octubre de 1.582 mi ánima se desprendió de la envoltura carnal, por fin llegó el momento de alcanzar a ver la faz de Cristo y fundirme en un “abrazo de duración eterna” con mi Amado.

Pero las anécdotas vienen cuando a mí ya no me importaba. En ese año, el papa Gregorio XIII estableció lo que hoy se conoce como calendario gregoriano, en vez del establecido por Julio César, en el año 46 a.C. o juliano. El motivo de este cambio fue que la Semana Santa, y las estaciones cada año se adelantaba, por lo que el Santo Padre encomendó a unos estudiosos de la Universidad de Salamanca el arreglo. La solución fue simplemente reducir los años bisiestos, de 100 que había en 400 años según Julio César a 97 con el calendario de la Iglesia (los años bisiestos son los que se pueden dividir entre cuatro, los que coincidían con múltiplos de 100 se excluyeron).

Creo que la comisión se merece su reconocimiento en la historia por lo que allá van sus nombres: el cronologista italiano Luis Lilio, el jesuita Christophorus Clavius, el cosmógrafo Ignazio Danti y el matemático hispano Pedro Chacón. De modo que para arreglar el desfase, después del 4 de octubre se pasó al 15 de octubre, ese día me enterraron, pero no fue la única vez, que ya sé yo que tenían ansiosas ganas de enterrarme desde que era joven y ahí que estaban pues aprovechaban.

Se celebraron tres entierros por mi muerte, el primero en el municipio salmantino. Ni un año completo esperaron y exhumaronme encontrándome sin corromper, me amputaron la mano y el Padre Jerónimo se quedó con mi meñique. (Después esta mano la tuvo el dictador Francisco Franco). Pero los carmelitas descalzos, fundados por mi estimado Fray Juan, me exhumaron para trasladarme a Ávila, no sin antes amputarme el brazo y dejándolo en Alba de Tormes.

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Relicario del corazón de Santa Teresa

Pero, a los duques de tal villa, no les gustó que descansará en mi ciudad natal, por lo que tirando de contactos llevaronme de nuevo al lugar de mi muerte, en el que reposo desde entonces.  “Reposo” despedazada, parece que mi cuidador fuera ese tal Jacobo el Destripador, pues una parte de mi mandíbula hállase en Roma, un dedo en París, el corazón en un relicario, mi mano y un brazo por otro. En definitiva, que al igual que en vida me he partido por las almas deseosas de acercarse más al Señor.

Escrito por Santa Teresa



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