El año, el bosque, el cuaderno

El año, el bosque, el cuaderno

A veces es así, cosas chiquitas como un silbido, una crisálida, un musgo, el poema de hace tanto, revelan, por fuera de los fuegos artificiales, del consumo, de la electricidad del diario vivir, que la vida está en otra parte.

Como todos, tengo mis costumbres de fin de año. O de inicio de año; las costumbres de estos días, digamos. El balance, los propósitos, las hipótesis vanas acerca de lo que hubiera podido ser, la gratitud por lo que fue. Entre las costumbres está la vuelta a ciertas lecturas. Pocas, cortas, acotadas lecturas de párrafos o versos que me sé casi de memoria. Par cœur, en francés. Siempre me fascinó que en francés la memoria esté tan cerca del corazón. Algunas, a fuerza de repetirse, devinieron rituales. Quién soy si me sacan los rituales, dice Laura Wittner en Se vive y se traduce (Entropía, 2023). Como sea, no hay fin de año que no visite, aunque sea mentalmente, estos versos que Rilke escribe en El libro de la vida monástica:

Se siente el brillo de una nueva página,

en que aún todo puede acontecer.

Corría el año 1899 cuando el poeta escribía este primer libro de lo que luego sería El libro de las horas. Son versos en los que anuda a Dios con la vida y a esta con un sobrecogerse del alma y los sentidos.

Y aún no sé si soy águila o tormenta

o si soy un gran cántico.

Así aparece para mí cada año nuevo: un cuaderno de hojas lisas y tapas blandas. Una criatura recién nacida. La duda vital acerca del águila, la tormenta o el cántico. Una chance más. Pero también cada cumpleaños, y cada inicio del año escolar y cada encuentro con mi gente querida. Cada año olvido que el cuaderno anterior quedó manchado, con borrones y tachaduras, con hojas arrancadas; gastado, vivido. Cada año renuevo la esperanza. Cada año estreno un cuaderno.

Entrar al bosque

Otra de las maneras de mis fines de año es la del anhelo del bosque. Un nuevo año es un cuaderno, sí. Pero también un bosque. Uno en el que nunca estuve; pero al final, y al principio, todos los bosques se parecen. Bosque es bosque, finalmente. No sé qué voy a encontrar. No puedo conocer qué me deparan sus días, sus árboles. Pero entro. El bosque es lo que no podemos controlar, escribe Natalia Litinova en Luciérnaga (Premio Lumen de Novela, 2024). Por eso pone a unos personajes próximos a lo onírico a conversar en el bosque.

Escribir en Nos vemos los Jueves nos está robando horas al sueño y al trabajo. Ayúdanos en Patreon para que el esfuerzo siga valiendo la pena.

Entraré al bosque -al nuevo año- con amuletos y fe, pero sin mapa. Los nudos en los troncos de los árboles me hablarán de cicatrices. El grosor de los troncos, de los años que pasan. El bosque me verá mirarlo. La espesura competirá con la luz. Y yo caminaré sus senderos extasiada.  

Desde el bosque la llanura se siente como un afuera. A la llanura se sale, al bosque se entra.

Escribe Alejandra Kamiya en El pozo, uno de los doce relatos que integran el volumen Los árboles caídos también son el bosque.

Al final del año, ¿los días y los meses, las experiencias vividas, son los árboles caídos? ¿Sigue alguno en pie?

Creo en las noches, escribe Rilke unas estrofas más adelante. Y luego:

Creo en todo lo que aún no ha sido dicho.

Entraré al bosque con esperanza y buenos deseos, pero sin certezas. Con la sola confianza en que hay un futuro desconocido e inexorable. Cada rama, cada hoja, cada verdor será un hallazgo, un misterio. Quiero saber honrar la vida que sé se presentará tenue, impávida ante la desmesura del bosque. ¿Cómo no perderme esta vez?

En Claros del bosque, María Zambrano habla del apeiron, lo indeterminado, la vida; cuyos signos, indescifrables, centellean en la noche del ser.

Anne Dufourmantelle lo dice con claridad:

El resto está en la noche, nuestra noche de humanidad.

Pienso en la noche del bosque, hecha de grillos y zumbidos, de sombras, siseos y ronquidos. En los oídos que se abren a falta de luz, en todo lo que, en el bosque, habla. Si se sabe oír.

Volver a casa

Entre las costumbres del Año Nuevo está el eco del poema de Cortázar. Happy new year se llama, y es como volver a casa.

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres. 

A veces es así, cosas chiquitas como un silbido, una crisálida, un musgo, el poema de hace tanto, revelan, por fuera de los fuegos artificiales, del consumo, de la electricidad del diario vivir, que la vida está en otra parte. Deseo recordarlo cada día.

Mi última lectura del año fue Stoner, de John Williams. Volveré a la novela en otra oportunidad. Aquí y ahora quisiera consignar una de esas frases que no pude no subrayar:

…algo así como una conversión, la epifanía de conocer por medio de las palabras algo que no se podía expresar con palabras.

Estoy segura de haber tenido esa epifanía en mi adolescencia con unos versos de Rilke. Por suerte, nunca pude volver a encontrarlos. Por eso seguiré nadando entre palabras, para dar con la pobre vida.

Socióloga y docente universitaria. Apasionada de los libros, la radio y el cine.

Nos vemos los jueves es un proyecto independiente creado sin grandes medios. Si disfrutas de nuestros artículos y quieres que sigamos publicando, puedes apoyarnos en Patreon.
Cada aportación, por pequeña que sea, nos ayuda a mantenerlo vivo.