Hay algo que se repite en los grandes intelectuales obsesivos: la afición que les consume en la juventud rara vez es inocente. En el caso de Unamuno, el ajedrez no fue una curiosidad pasajera ni un entretenimiento de sobremesa. Fue algo más cercano a una adicción.
Miguel de Unamuno es una de las mentes más controvertidas, analizadas y discutidas del último siglo, símbolo de la constante polémica. Pero esa rebeldía no era solo provocación popular, sino una muestra de la contradicción constante en la que vivió. El ajedrez fue una pieza más de su mosaico, y a la vez no fue solo una más.
Su primera juventud ajedrecista
No sabemos donde aprendió don Miguel a jugar, pero el ajedrez fue para el joven Unamuno una presencia que ocupaba horas, que se colaba en la jornada con una intensidad difícil de ignorar.
De su padre no pudo ser, pues murió en 1870 de tisis pulmonar, cuando Miguel aún no había cumplido los 6 años. Quizás le enseñaron en sus años de estudiante universitario, momento en el que también desarrolló el mayor vicio.
“En mis mocedades, había caído bajo la seducción de la mansa e inofensiva locura del ajedrecismo”.
Hay quienes atribuyen a Unamuno una frase (probablemente apócrifa, pero reveladora) en la que reconocía haber jugado hasta diez horas diarias en su juventud. Exacta o no, el ajedrez funcionaba para él como un territorio mental propio, un espacio donde la mente podía trabajar sin interferencias. Para alguien tan volcado hacia adentro como él, eso era casi irresistible.
En la biblioteca que se conserva en su Casa Museo de Salamanca hay dos objetos que confirman hasta qué punto esto era serio: un manual de ajedrez firmado por Emanuel Lasker, campeón del mundo durante veintisiete años, y una suscripción a la revista Ajedrez español. No son los libros de alguien que juega de vez en cuando. Son los de alguien que estudia.
¿Y con quién jugaba? Pues con un anciano sin nombre, contó su nieto hace unos años.
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Hay un episodio en la vida de Unamuno que merece más espacio del que suele recibir. Ocurrió en Madrid, durante sus años de estudiante de Filosofía y Letras. El joven Miguel jugaba al ajedrez con regularidad con un anciano al que no conocía de nada.
No conocemos su nombre. No sabemosquién fue, a qué se había dedicado, si tenía familia, de dónde venía. No se sabe prácticamente nada de él. Solo sabía que ese hombre aparecía, se sentaba al otro lado del tablero, y jugaba con el joven Unamuno.
Del amor a la obsesión por el ajedrez
Con el paso del tiempo, esa relación con el juego se vuelve ambivalente; el mismo Unamuno que había vivido el ajedrez con intensidad comienza a mirarlo con sospecha. Y lo interesante es cómo después lo atacó con la misma energía con que lo había practicado.
El punto crítico llegó a comienzos del s. XX. El 2 de julio de 1910 el presidente del Club Argentino de Ajedrez escribe una carta al director del Colegio Nacional de Buenos Aires pidiéndole la enseñanza del ajedrez en los colegios como forma de ejecitar la mente de los alumnos. Algo positivo a primera vista.
Pero esta carta cayó en las manos de don Miguel, y tomó partido. Y no en el sentido que cabría esperar. Argumentó que enseñar ajedrez a los niños podía ser, directamente, perjudicial. Escribió varios artículos criticando esa decisión y pintándolo como algo pésimo para la educación de los niños.
Su diagnóstico era contundente: el ajedrez fabrica un tipo muy específico de inteligencia. Una inteligencia que no sirve para nada fuera del tablero. La frase que más se cita es esta: “El ajedrez procura una suerte de inteligencia que sirve únicamente para jugar al ajedrez.”
Lo paradójico (como tantas otras cosas en su vida) es que esa acusación la lanzaba alguien que había dedicado miles de horas a exactamente eso.
Contra Poe y contra el mito del gran analista
Parte de lo que irritaba a Unamuno era la aureola intelectual que rodeaba al ajedrez. Edgar Allan Poe lo había presentado como la demostración más pura de la capacidad analítica humana. Para Unamuno, eso era exactamente el problema: confundir cálculo con pensamiento, variantes con reflexión.
De hecho, su crítica era ya casi algo personal, y llegó a degradarlo y colocarlo por debajo de juegos de cartas. El tresillo por ejemplo, con su componente de azar y de lectura del adversario, le parecía más honestamente humano.
En el ajedrez, todo está sobre la mesa. No hay nada oculto. Y decía que eso lo hacía menos interesante como ejercicio mental real.
El vicio que nunca se cierra del todo
A pesar de todo lo que escribió contra el ajedrez, Unamuno siguió jugando. Su nieto Ramón lo confirma: fue un hilo conductor en su vida, una obsesión que lo acompañó hasta el final, incluso en los años de exilio político, cuando el tablero reaparecía como refugio en los momentos de mayor presión exterior.
Lo mismo que hacía al ajedrez sospechoso para Unamuno (su tendencia a crear un mundo cerrado, con reglas propias, separado de la realidad) era exactamente lo que lo hacía útil cuando la realidad se volvía insoportable.
La papiroflexia, otro de sus hábitos conocidos, apunta en la misma dirección: la necesidad de construir pequeños sistemas de orden cuando todo lo demás escapa al control.
El legado: el ajedrez como herencia familiar
El ajedrez no terminó con Miguel de Unamuno. En Salamanca se celebra el Torneo de Ajedrez Pablo de Unamuno, en memoria de uno de sus hijos, con el Ateneo de la ciudad como organizador.
Pablo de Unamuno Lizárraga aprendió a jugar de manos de su padre y durante los años veinte y treinta se convirtió en el jugador dominante del ajedrez salmantino, llegando a conseguir tres títulos provinciales.
Ramón (nieto del escritor) continuó la tradición y fue también un gran. Es él quien ha contado públicamente muchas de estas historias: el anciano sin nombre de Madrid, la relación de su abuelo con el tablero, el hilo invisible que atraviesa la familia.
Y luego está Miguel Santos, tataranieto del escritor, que en 2019 compitió en el Campeonato del Mundo sub-20 de ajedrez.
Cinco generaciones después del hombre que criticó el juego y nunca dejó de jugarlo. El juego le ganó la partida.
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