El secreto detrás de la construcción del Sacré-Cœur de París

El secreto detrás de la construcción del Sacré-Cœur de París

Más allá de la guerra, el Sagrado Corazón fue la basílica que dividió a Francia y cambió el skyline de París.

Hay edificios que no se pueden entender solo con mirarlos, y el Santo Corazón de París es uno de ellos.

Si miras al Sacré-Cœur desde el pie de la colina, con sus cúpulas blancas recortadas contra el cielo de París, parece surgida de un sueño vagamente oriental, más cercana a Constantinopla que a Francia. Los visitantes tienen una sensación de que algo no encaja, y eso es justamente lo que sus promotores querían.

El fin de la Francia cristiana

Para entender la construcción de la basílica del Sagrado Corazón debemos retroceder hasta la Francia de 1869.

El galo era un país humillado militarmente por Prusia, sacudido por una revolución obrera sin precedentes y profundamente dividido sobre qué tipo de nación quería ser.

En septiembre de 1870, el ejército prusiano sitia París. El Segundo Imperio napoleónico se derrumba. Francia firma una paz humillante y cede Alsacia y Lorena.

El daño político y social que supuso este golpe fue enorme, pero muchos católicos franceses lo vieron también como una derrota teológica frente al protestantismo (el obispo Félix Fournier escribió ese mismo mes a sus párrocos atribuyendo la catástrofe a la degeneración moral vivida desde la Revolución de 1789).

Por otra vía, el 20 de septiembre de 1870 el ejército de unificación italiano entró en Roma y arrestó al Papa Pío IX. De poco sirvió excomulgar a Víctor Manuel II o escribir la bula Non Expedit, con la que prohibía a los católicos toda participación en la política italiana, incluido el sufragio.

En la recientemente formada Alemania, por su parte, el canciller Otto von Bismarck comenzaba su Kulturkampf contra el catolicismo.

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Y aún faltaba más. En marzo de 1871 estalló la Comuna de París y una insurrección obrera convirtió la capital en un campo de batalla, llegando a haber entre 10.000 y 30.000 personas muertas en una semana de combates urbanos.

El trauma que dio origen a un monumento

Entre esos combates, destaco uno que ocurrió la mañana del 18 de marzo. El pueblo de París había comprado unos cañones para defender la ciudad de los alemanes y se los había donado a la Guardia Nacional. Pues esa mañana del 18 de marzo unos soldados del ejército recibieron la orden de incautar los cañones que se encontraban en la colina de Montmartre, a los que algunos comuneros se negaron, asesinando a dos generales franceses.

La lucha de los vecinos contra los soldados quedó grabada en el imaginario conservador como el lugar donde Francia había enloquecido, algo similar a lo que en España tenemos con el 2 de mayo.

«Ante las desgracias que afligen a Francia; ante los ataques sacrílegos cometidos en Roma contra los derechos de la Iglesia y la Santa Sede , y contra la sagrada persona del Vicario de Jesucristo, nos humillamos ante Dios y, unidos en nuestro amor a la Iglesia y a nuestra Patria, reconocemos que hemos sido culpables y justamente castigados. Y para reparar nuestros pecados y obtener de la infinita misericordia del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo el perdón de nuestras faltas, así como la ayuda extraordinaria que solo puede liberar al Soberano Pontífice de su cautiverio y poner fin a las desgracias de Francia, prometemos contribuir a la construcción en París de un santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús».

Alexandre Legentil, en enero de 1871

Cuando se calmaron las aguas y el pueblo volvió a la normalidad, el empresario Alexandre Legentil propuso construir un templo como forma de rendención y de expiar los pecados de la joven República Francesa.

Cuatro años después, la primera piedra del Sacré-Cœur se colocaba exactamente allí.

La elección de Montmartre

Un arquitecto que estudia la implantación del Sacré-Cœur entiende enseguida que la topografía no fue un accidente de conveniencia. Montmartre, con sus 130 metros de altitud, es uno de los puntos más altos de París.

Una iglesia construida en la cima se convertía automáticamente en el punto más visible de la ciudad, dominando el horizonte desde casi cualquier ángulo.

El propio Hubert Rohault de Fleury, cuñado de Legentil y uno de los impulsores del proyecto, lo declaró sin rodeos en la ceremonia de la primera piedra: era allí donde la Comuna había empezado, donde habían sido asesinados dos generales del gobierno, y allí era donde se alzaría la iglesia.

Esa frase importa. Deja claro que la elección de Montmartre no fue puramente espiritual (aunque el lugar tuviera siglos de historia cristiana, desde el martirio del obispo Dionisio de París en el siglo III hasta la abadía fundada por Luis VI en el XII) sino explícitamente política.

La historiadora Mathilde Larrère lo ha resumido con precisión: la misma basílica construida en el fondo del XVI arrondissement no habría tenido el mismo sentido. El edificio necesitaba ese emplazamiento para decir lo que decía.

La vista desde la explanada del Sacré-Cœur confirma la intención urbana. París se despliega abajo, plano y continuo, surcado por sus grandes bulevares. No hay competencia visual. La basílica no dialoga con la ciudad, la contempla desde arriba.

La Torre Eiffel, levantada en 1889 en el Champ-de-Mars, fue presentada por sus defensores como el contraargumento republicano: laica, provisional, metálica. .

Paul Abadie y la elección del estilo romano-bizantino

En 1873, el comité promotor abrió un concurso al que se presentaron 78 propuestas de 87 arquitectos. Entre los candidatos estaba Charles Garnier, autor de la Ópera de París, y varios ganadores del Gran Premio de Roma.

Las maquetas se expusieron en los Campos Elíseos y acabó ganando Paul Abadie, especializado en restauración de edificios medievales y conocido por su intervención en la catedral de Saint-Front en Périgueux.

Abadie propuso una basílica en estilo romano-bizantino, y sin una sola referencia al gótico, el estilo que Francia había inventado y que dominaba la arquitectura religiosa del siglo XIX desde Viollet-le-Duc.

En contraposición con un gótico profundamente francés, Abadie propuso un templo romano-bizantino con el que apuntaba a algo más arcaico, más oriental y más ligado a ese período precarolingio en el que Iglesia y poder político eran inseparables.

Para quienes habían promovido el proyecto como acto de restauración del “orden moral”, el estilo funcionaba como argumento visual antes de que nadie leyera ninguna inscripción.

Abadie murió en 1884, antes de ver ninguna de sus cúpulas terminadas, y fue sucedido por una serie de arquitectos que modificaron detalles sin alterar el esquema de conjunto. Lucien Magne, en particular, alargó las cúpulas originalmente hemisféricas para convertirlas en elipsoides de perfil neorrenacentista. Así consiguió que desde la explanada las cúpulas no pareciesen demasiado chatas y no diesen la impresión de hundirse detrás de las cornisas.

La piedra que no envejece

Hay un detalle material que raramente aparece en las guías turísticas y que es una de las decisiones más inteligentes de todo el proyecto: la elección del material.

Abadie no usó la clásica “piedra de París”, la caliza luteciense de color beige amarillento que da su tono uniforme a los edificios haussmannianos. Eligió una caliza lacustre extraída de las canteras de Château-Landon y Souppes-sur-Loing, en Seine-et-Marne.

Esta roca, de grano extremadamente fino y color blanco, cuando entra en contacto con el agua de lluvia exuda calcín, un compuesto que sella la superficie y la mantiene blanca. Mientras la mayoría de los edificios de piedra ennegrecen con el tiempo y la contaminación urbana, el Sagrado Corazón de París se autolimpia.

Cuanto más llueve sobre París, más blanca permanece la basílica.

El interior como programa ideológico

Quien entra al Sacré-Cœur pensando solo en arquitectura sale con una impresión de grandiosidad un poco abrumadora. El espacio es enorme, oscuro en los laterales y luminoso bajo la cúpula central, con ese mosaico del ábside que muestra al Sagrado Corazón de Jesús rodeado de la Virgen, san Miguel, el papa León XIII y Juana de Arco.

A los pies del mosaico, una inscripción en latín: Sacratissimo Cordi Jesu, Gallia pœnitens et devota et grata. Al Sacratísimo Corazón de Jesús, la Francia penitente, ferviente y agradecida.

Esa frase lo resume todo. No era una iglesia construida para celebrar algo, sino un monumento construido para pedir perdón.

La France pénitente: penitente por la Revolución, por la Comuna, por los “crímenes” del siglo laico. El emplazamiento, la escala, los materiales, la inscripción: cada elemento señalaba en la misma dirección.

La capilla de las armadas, ornada con exvotos militares y puesta bajo la advocación de santa Juana de Arco. Las estatuas ecuestres de la fachada: san Luis con su espada en una mano y la corona de espinas en la otra; Juana de Arco con armadura. La gigantesca Savoyarde, donada por los cuatro obispados de Saboya.

Todo en el Sacré-Cœur habla de Francia, de guerra, de derrota y de restauración.

Fundador y director editorial de Nos vemos los juevesJosé Luis Brito
Arquitecto y divulgador cultural. Desde muy pequeño me gustó la literatura. A los ocho años escribí mi primer cuento y, desde entonces, no he dejado de contar historias. En 2017 fundé Nos vemos los jueves con el objetivo de contribuir a la divulgación cultural y acercar el conocimiento histórico y artístico a un público amplio, desde una mirada rigurosa pero accesible.

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