Ése no es el punto

Las películas son conmovedoras y tan diferentes y con seguridad no se agotan en un enunciado. Porque nos llevan a pensar qué cosa es el amor, qué la soledad y la locura, qué es la entrega y la inocencia Hace unos días escuché una conversación en un café, un vicio que confieso practico más de…

Las películas son conmovedoras y tan diferentes y con seguridad no se agotan en un enunciado. Porque nos llevan a pensar qué cosa es el amor, qué la soledad y la locura, qué es la entrega y la inocencia

Hace unos días escuché una conversación en un café, un vicio que confieso practico más de lo que me gustaría. Una mujer, joven, preguntaba al chico y la chica, también jóvenes, con los que compartía mesa si habían visto la película francesa Anatomía de una caída (Justine Triet, 2023). Aquí el tráiler. En efecto, los dos la habían visto.

La cara se le iluminó a la que había preguntado. Y volvió a preguntar. “¿Y? ¿Le creen? ¿Lo mató o no lo mató?”  No pude evitar pensar: ése no es el punto.

Para llegar al punto, voy a hacer un rodeo, el que necesito para plantear la distancia entre trama y sentidos.

Ceci n’est pas une pipe

Mi rodeo empieza en 1929, cuando el artista belga René Magritte dio a conocer su obra “La traición de las imágenes”. La famosísima pintura en la que se ve una pipa y debajo la leyenda: esto no es una pipa. En aquel momento, nada podía ser más contradictorio. Con esta pieza conceptual, Magritte puso en discusión la idea de realidad y representación de la realidad. Casi cien años después del gesto disruptivo, somos un público que ha interiorizado la distancia entre materia y representación.

Pero el arte es una partitura infinita que no termina, sigo el rodeo. Generaciones que dialogan entre sí, discípulos que desafían a sus maestros, vanguardias que cada tanto, ponen todo patas arriba. En 2011, el misterioso artista inglés conocido como Bansky, expuso en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles, la obra Esto es una pipa, en clara referencia a la pieza de Magritte.

En la obra de Bansky se observa una canilla (o grifo, o caño, oh la belleza de las variaciones del español) empotrada en un fondo que simula una pared. Debajo, se lee la leyenda que da título a la obra: esto es una pipa. ¿Entonces? La que sí parecía ser una pipa, la de Magritte, resultó no serlo, teníamos delante de nuestros ojos nada más que un artificio: la representación de una pipa. Nadie podía fumar en ella.

This is a pipe

Y la que a todas luces no es una pipa, la canilla de Bansky, soporta la leyenda que le niega su condición de canilla para transformarla en una pipa.

¿Qué hacemos con estas disonancias?

Bueno, pues, son las que nos obligan a pensar todo de nuevo, a dudar, a detenernos y pensar. La conversación que abre esta nota parece reclamar una leyenda: ¿culpable o inocente? ¿buena o mala? ¿sincera o mentirosa? ¿Es o no es una pipa?

Tales preguntas no cuestionan, no subvierten, no hacen trizas la noción de realidad. Se trata más bien de simulacros de preguntas que buscan poner orden. Y el arte, ya sabemos, es enemigo del orden. Por eso, tiendo a creer que Anatomía de una caída no es una película sobre un juicio, es, sobre todo, una película sobre la imposibilidad de acceder a la verdad, sobre los puntos de vista, sobre la danza inasible entre los hechos y su contexto. ¿Lo mató o no lo mató?, pregunta la chica del café. Eso no es lo importante. Ése no es el punto, le dice el abogado a la protagonista. El cine, pero también la pintura y la fotografía, la literatura, el arte en síntesis, está para ponernos frente a frente con lo que falla, con lo imposible, con lo que no cabe en ninguna sentencia.

Nada, de Carmen Laforet

El ancho cauce de la novela del siglo XX

Las obras de Magritte y la de Bansky ponen a discutir las palabras y las cosas -para usar una fórmula de Foucault-. En cine, la cosa es la trama. Y nunca la trama es el mensaje. O mejor dicho, nunca ¨sólo” la trama es el mensaje. Dice la escritora argentina Ariana Harwicz en El ruido de una época: “la obra aparece detrás de toda evidencia.” Es ahí adonde hay que mirar, justo donde no se ve. Y ésa es una de las maravillas del cine, el hecho de que invita a despegarnos de lo que vemos para ver lo que de todas maneras nos salta a los ojos.

Por eso podemos decir que Hable con ella (Almodóvar, 2002) no es una película sobre un enfermero que viola a una paciente postrada. Y Breaking the waves (Lars von Trier, 1996) no es una película sobre una mujer que se prostituye alentada por su esposo. Y la sur-coreana Poetry (Lee Chang-dong, 2010) no es una película sobre una mujer a la que le diagnostican una enfermedad irremediable.

No sabría precisar de qué tratan estas películas, pero junto con la que cité al inicio, son todas conmovedoras y tan diferentes y con seguridad no se agotan en un enunciado. Porque nos llevan a pensar qué cosa es el amor, qué la soledad y la locura, qué es la entrega y la inocencia. Y todas ellas, ojalá puedan verlas si nos las vieron, se detienen en la belleza de lo minúsculo, en lo monstruoso de lo cotidiano, muestran sin explicar, nos acercan a la poesía, esa manera de hacer con el lenguaje que excede el lenguaje. Ése es el punto.

No sólo las imágenes traicionan, el lenguaje también.  



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