Crítica de «Azul profundo» (1988), un viaje al futuro pasado

Crítica de «Azul profundo» (1988), un viaje al futuro pasado

Una historia sencilla de un hombre meditando acerca del pasado, recurriendo a momentos rescatados de una antigua película.

El ronroneo del cuenco tibetano me hace viajar al futuro.

Estoy mucho más cerca de la muerte y me veo satisfecho de haber dedicado tantas horas a la escritura. Permanezco sentado junto a una lámpara de luz tenue después de meditar por cuarenta minutos.

En realidad, no medí el tiempo ni tengo reloj, pero imagino algo menos de una hora. Las espirales envuelven mi cabeza en energía y la tecnología ha avanzado desde la década anterior.

Medito con los ojos abiertos sobre el amanecer proyectado en medio de la habitación. La imagen es translúcida y las nubes parecieran moverse según mis pensamientos que buscan el vacío.

Todo el resto permanece en penumbras a esa hora antes del crepúsculo. Los ordenadores son parte del pasado, ahora la mente da instrucciones a la inteligencia artificial. Una voz femenina omnipresente que se atenúa cuando los pensamientos desaparecen y el raciocinio no atrapa las ideas.

Un vacío que termina cuando cierro los ojos y mi cerebro da una instrucción. El paisaje desaparece y el amanecer anticipa una historia. La cafetera prepara el café a la temperatura adecuada.

Se despliega una hoja en blanco e imagino palabras sobre el lienzo.

Una historia sencilla de un hombre meditando acerca del pasado, recurriendo a momentos rescatados de una antigua película.

Recuerda que conversó con Antonia a la salida del cine del barrio Lastarria. «Azul profundo» mostraba a ese hombre joven que en la vida real tendría setenta años.

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Realiza varios ciclos de respiración para aquietar la mente y controlar el aire de sus pulmones. Está a punto de sumergirse en medio del océano y concentra su circulación en un órgano. Corazón que bombea lento para mantenerlo consciente mientras desciende hacia la profundidad.

El hombre está solo y medita para contener el flujo de emociones hasta que ningún deseo ocupa su centro de placer.

Ha completado veinte días sin drogarse y eso lo llena de satisfacción. Inspira tres veces y se aferra a la soga que lo llevará a la superficie. Aflora a un costado de la embarcación y un científico le quita los sensores.

Su pulso ha vuelto a la normalidad y recuerda la conversación a la salida del café del biógrafo. Ese instante en que compartió una copa de vino y la última vez que escuchó su voz.

Aníbal Ricci Anduaga es escritor y ensayista chileno que comenzó su trayectoria literaria hace más de 30 años, influido por su formación humanista y su profunda vinculación con el cine y la reflexión filosófica sobre la imagen. Ha realizado estudios y cursos de apreciación cinematográfica, participando en ciclos dedicados a directores como Wim Wenders, Werner Herzog, Rainer Werner Fassbinder, Federico Fellini, Krzysztof Kieślowski y Stanley Kubrick, influencia que se refleja en su obra ensayística Reflexiones de la imagen (2014), centrada en el análisis cinematográfico desde una perspectiva filosófica. Es autor de las novelas Fear (2007), Tan lejos. Tan cerca (2011), El rincón más lejano (2013), Siempre me roban el reloj (2014), El martirio de los días y las noches (2015) y El pasado nunca termina de ocurrir (2016), así como de los libros de relatos Sin besos en la boca (2008) y Meditaciones de los jueves (2013). Su obra aborda temas como la identidad contemporánea, el poder, la memoria, la depresión y el conflicto entre lo tangible y lo onírico. Ha participado en diversas antologías, entre ellas Tren de Aterrizaje, Hombres con Cuento, Justos y Pecadores, Microrrelatos de Amor y Desamor y Dispara usted o disparo yo.

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