Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo
Así comienza uno de los poemas más conocidos del griego Konstantínos Kavafis (1863-1933): Camino a Ítaca. El poema enuncia un deseo a contramano del mandato de la época actual. Si hoy la cuestión es ir rápido, lo más rápido posible, rumbo al objetivo, que ha de ser el éxito; el poema elogia los rodeos, las vueltas, los hallazgos inesperados.
El camino en lugar del atajo.
Tal vez esté hablando de la escritura. De la disposición del espíritu que el escribir requiere, de lo que podemos esperar de ella. Una noción de la escritura más parecida a la peregrinación sedienta que al camino del héroe. No la sentencia: voy a escribir [de, sobre] esto, sino más bien la pregunta: qué es esto que pide ser escrito y cómo darle cauce.
De historias y destellos
En La vía de la narración Alessandro Baricco (Turín, 1958) dice que una historia es el campo de energía producido en el alma de uno de nosotros por la vibración inesperada de una tesela del mundo. Baricco, el de Seda, sí.
Una tesela, dice.
Tuve que leer dos veces. Y tuve que buscar en el diccionario. Tesela: cada una de las piezas con que se forma un mosaico. Sin siquiera buscarlas emergen las voces pepelma, de Perú, y venecitas, de Argentina. Ninguna de las dos está en el diccionario, pero ambas en la lengua hablada. TPuede que no sea la traducción exacta, pero es la evocación que me permite capturar algo de lo que Baricco dice. Pienso en los mosaicos hechos con fragmentos rotos, desechados o deformes. Pienso en que tesela lleva en sí estela.
La génesis de la historia, sigue Baricco, puede durar un instante o incubarse durante años. Su tiempo de germinación es un misterio.
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Después de tesela, misterio dice.
Por eso, cuando los escritores narran qué fue lo que dio origen a una novela o a un cuento empiezan por cualquier lado: una imagen, una palabra, un olor, un sueño, un recuerdo, una foto, una epifanía.
Valeria Luiselli (México, 1983) le hace escribir a la narradora de Desierto sonoro (2019, Sexto piso) que todas las historias comienzan y terminan con un desplazamiento, que todas las historias son en el fondo una historia de traslado. Admito que es una buena hipótesis. Y que tal vez escribir no sea más que narrar ese desplazamiento.
Desplazarse: moverse, cambiar, transformarse. Y también, gracias las pregnancias que deja la etimología: desaforarse, exagerar, extrañarse, volverse huraño, escribir.
Todo lo que se desplaza
Todo, o casi todo, puede desplazarse. O ser desplazado, que no es lo mismo. El cuerpo, las ideas de la época, las personas que amamos, los intereses, las convicciones, las formas del amor. La luz del día, los vínculos, la idea de Patria, la moral, el pasado, Dios. Hemos leído relatos y novelas sobre todos estos desplazamientos.
Pero a veces, lo que se desplaza es la lengua. Y entonces la fractura es completa, un corrimiento de eje total.
Dice Adan Kovaksics (Santiago de Chile, 1953) en El destino de la palabra, sobre la palaba árbol:
Significa árbol y otra cosa. Todo es símil. Todo es correspondencia. Árbol es raíz. Árbol es sombra. Árbol es refugio. Árbol es eje. Árbol es otoño. Árbol es primavera. Árbol es nostalgia. Árbol es consuelo. Árbol es fragancia. Árbol es fertilidad. Árbol es oscuridad interior. Árbol es búsqueda de la luz.
El desafío es entonces escribir mi árbol, no por narcicismo, porque se nota cuando es así, sino porque ese árbol, esa tesela, pide ser escrita. Y cuando es así resonará en el lector, porque su vibración es universal. El tiempo es el que calibra la dimensión del árbol, de la pepelma.
En el momento en que la palabra se pliega a la cosa, al objeto, a la persona, al ente, enmudece, deja de existir, continúa Kovaksics.
Escribir será entonces más parecido a dejar que la lengua [se] diga, que a hacer encajar la cosa y el nombre. Porque es probable que no haya correspondencia.
Locura, quietud, moverse
El reverso del movimiento es la quietud.
Sin quietud no hay movimiento.
Y sin movimiento no hay quietud.
Lo quieto: piedra, árbol, prisionero. Lo que cambia mínimamente y a velocidades lentísimas, ¿no se desplaza también? Estarse quieto, ¿no es también una forma de desplazarse?
Desplazarse también puede ser extraviarse [y extraviarse una voluntad]
Extravío: locura, errancia, exilio voluntario, vagabundeo, flâner.
Andábamos sin buscarnos, pero sabíamos que andábamos para encontrarnos, dice Horacio, el narrador de Rayuela (de Julio Cortázar) en el capítulo 1.
Si la ciudad es el lugar por excelencia para flâner, el desierto lo es para extraviarse. El no-lugar es también el no-tiempo. Dice Rebecca Solnit en Una guía sobre el arte de perderse.
Una vez amé a un hombre que era muy parecido al desierto, y antes de eso amé el desierto.
Desplazarse es, también, perder
¿Qué, que importe, puede perderse?
El paraíso. La felicidad. La paz
El amor. Los que los amamos
La cordura
La salud / la vida
La inocencia
La infancia
Entonces, desplazarse es, tal vez no sea si no:
separar[se]
desilusionar[se]
correr el tupido velo
caer[se]
fallar
encontrar[te]
Tal vez no haya cómo desplazarse de sí mismo. Tal vez el movimiento no sea más que eso que escribe Kavafis en otro de sus poemas. Dice la última estrofa de La ciudad.
No habrás de hallar nuevos sitios, ni encontrarás otros mares.
Te seguirá la ciudad. Las calles donde deambules
serán las mismas. En estos mismos barrios te harás viejo.
Y mudarás a gris en estas mismas casas.
Siempre vendrás a esta ciudad. A otros lugares —ni lo esperes—
no hay barco para ti, no hay camino.
Igual que malgastaste aquí tu vida, en este rincón menor,
así la has arruinado en el resto de la tierra.
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