Hay personajes históricos que han tenido la desgracia de convertirse en algo más grande que sus propias vidas. La princesa de Éboli es uno de ellos. Ana de Mendoza y de la Cerda, primera duquesa de Pastrana, figura central de la corte de Felipe II.
El parche en el ojo, los supuestos amores con el rey y la complicidad con Antonio Pérez en el asesinato de Juan de Escobedo ha ido sedimentando una imagen que redimensiona la mujer que vivió encerrada en el palacio de Pastrana desde 1581 hasta su muerte, once años después.
Los mitos son más resistentes que las fuentes. El de la Éboli en particular se sostiene sobre un vacío documental que durante siglos ha sido llenado con imaginación antes que con archivo.
La crisis política de Felipe II
Para entender qué fue la reclusión de la princesa de Éboli hay que entender primero en qué clase de corte se movía.
Felipe II gobernaba una maquinaria burocrática de una complejidad que no tenía precedentes en Europa. Decenas de consejos, secretarios, delegados, asesores y facciones de nobles que pujaban por la influencia del monarca. Ya su padre Carlos I intentó modernizar la Corona, alejandola de las antiguas cortes medievales, impetuosas y de decisiones súbitas.
Esto era ya algo más parecido a un estado moderno. Y en esa corte, los errores se pagaban con lentitud y con frialdad.
Ana de Mendoza era viuda desde 1573. Su marido, Ruy Gómez de Silva, primer duque de Pastrana y hombre de la máxima confianza de Felipe II, había muerto dejándola en una posición de privilegio que ella no supo, o no quiso, gestionar con la discreción que el momento requería.
En los meses que siguieron al duelo ingresó en el convento de Carmelitas Descalzas que la propia Teresa de Ávila había fundado en Pastrana, con una vocación religiosa que resultó ser tan intensa como breve. Duró menos de un año.
Escribir en Nos vemos los Jueves nos está robando horas al sueño y al trabajo. Ayúdanos en Paypal para que el esfuerzo siga valiendo la pena.
Las monjas, según dejaron escrito, suspiraron de alivio cuando se fue.
Y ahí fue el comienzo del fin de Ana de Mendoza. Pero para entender cómo la Princesa de Eboli acabó encerrada en Pastrana hay que retrotraerse a los años setenta del siglo XVI y a la trama que rodea al secretario real Antonio Pérez. Este era un personaje brillante pero manipulador. Su relación con la Éboli era política antes que sentimental, aunque la leyenda insistiría después en lo segundo.
Este había acumulado poder e información en la corte de Felipe II, y quería seguir creciendo fuera de las fronteras nacionales, ganando presencia incluso en las cortes de Portugal y de Inglaterra. Pero todo se fue al traste con el asesinato de Juan de Escobedo en 1578.
Escobedo era secretario de don Juan de Austria y sabía demasiado sobre las ambiciones del hermanastro bastardo del rey. Su eliminación fue, según la versión más aceptada, una operación política en la que Pérez y la Éboli estuvieron implicados, con conocimiento al menos pasivo del propio monarca.
En 1579, Ana de Mendoza fue detenida por primera vez y en 1581 la trasladaron al palacio de Pastrana, el mismo que décadas antes había diseñado Alonso de Covarrubias para la abuela de su marido. Allí permanecería hasta su muerte en 1592.
Once años de encierro progresivamente más severo, en una villa de unos 1500 vecinos en el corazón de Castilla, lejos de la corte que había sido su hábitat natural.
El gobernador y el encierro real
Uuna investigación del historiador Aurelio García López, publicada a partir de documentación de los Archivos de Simancas, del Histórico Nacional y de los propios archivos municipales de Pastrana nos muestra una imagen que la historiografía de la Princesa de Éboli había pasado por alto. En su estudio Aurelio García decide mirar hacia abajo y, en vez de poner el foco documental en el rey o en la Corte, lo hace en los funcionarios intermedios que ejecutaron la reclusión.
El 31 de octubre de 1582, Felipe II firmó en Lisboa una Real Cédula nombrando a Pedro Palomino, vecino de Valladolid, gobernador de los estados de Pastrana.
La justificación oficial era que el rey actuaba por las “continuas yndisponiciones” de la princesa, que le impedían atender sus obligaciones con el cuidado necesario. Con esta orden los bienes de su familia, incluyendo los terrenos que habían pertenecido a su difunto marido y los hijos que había tenido quedaban al amparo del monarca.
Ella, por su parte, quedaba encerrada en un cuarto de la parte izquierda del palacio, desde donde se comunicaba con el exterior a través de una ventana pequeña.

También puedes leer:
Lo que sabemos de la gestión de Palomino viene en gran medida de los juicios de residencia, esa institución castellana que obligaba a los oficiales a rendir cuentas al final de su mandato.
Y lo que encontramos puede resultar bastante sórdido.
Palomino, al abandonar el cargo en 1586, no sólo enfrentó la residencia habitual sino también una querella personal interpuesta por la familia ducal de Pastrana.
Las acusaciones incluían haber hablado “mal e indebidamente” de la princesa, haber ignorado sus quejas sobre el médico que la atendía y sobre sus propios mayordomos, y haber protagonizado un episodio que roza lo grotesco: en el cuarto del palacio que él mismo ocupaba mandó poner o consintió que se pusiera una máscara o estatua de mujer pintada de negro que representaba, con intención burlesca, a la Éboli.
Los vecinos de Pastrana, según varios testimonios, iban a verla y se quitaban el sombrero ante ella como si saludaran a la señora, broma que circuló por la villa entera.
No se conserva ninguna imagen de ese objeto pero el hecho de que aparezca en el juicio de residencia, con testigos y con las correspondientes acusaciones formales indica que no fue un rumor sino algo real.
Las cartas de la propia Éboli refuerzan el cuadro. Una de ellas fue interceptada por Palomino antes de llegar a su destinatario (el escribano público Jerónimo Torrontero), y es la que abre el paper de García López.
“Torrontero, diréis al señor Pedro Palomino: que bastaba y sobraba no habérsele dado nada de mi mal ni prendido a nadie, pues dice que puede prender sin hacer los probamientos de los delincuentes y del que parece que le han de ser forzosamente por haber mandado a noche no se procediere en la información hecha por mi parte, cosa escandalosa y tan humillante para todo el mundo, cuanto más para su majestad que es tan cristianísimo y justiciero, si esa sigue tiene hecha información en abono de los delincuentes”
(A.H.N., Osuna, legajo 1838-10, Carta manuscrita de la princesa de ÉBoLi, 1583)
Ana de Mendoza, furiosa, acusa al gobernador de actuar contra la ley, de humillar a quien merece respeto, y llega a calificar al rey de “cristianísimo y justiciero”, en un contexto donde los dos adjetivos suenan más a acusación que a elogio. El texto en cuestión es de 1583.
Cuatro siglos después, resulta difícil no ver en esas palabras la mezcla específica de desesperación e inteligencia de alguien que sabe exactamente lo que está pasando y no puede hacer nada.
La fuga que nadie recuerda
El 10 de agosto de 1584, a última hora de la tarde, Ana de Mendoza huyó del palacio de Pastrana y se dirigió al convento de la Concepción Franciscana. No era la primera vez que buscaba amparo en una comunidad religiosa, pero ahora las circunstancias eran radicalmente distintas.
Según sus propias palabras recogidas en el proceso judicial posterior, actuó así por “temor de la muerte violenta”. Tenía miedo porque Antonio Pérez había sido detenido ese mismo año, los rumores sobre la participación de ambos en el asesinato de Escobedo seguían circulando, y conocía bien cómo había resuelto Felipe II otros asuntos incómodos.
Lo que la Princesa de Eboli no se esperaba es que, tras su huída, la abadesa del convento se negase a admitirla. Lo hizo de rodillas, con “grandísimo comedimiento y respeto”, invocando las constituciones del convento que prohibían la presencia de personas ajenas a la comunidad religiosa, so pena de excomunión.
La paradoja es que esa misma abadesa había fundado el convento con el apoyo económico de la Éboli décadas antes, y ahora le cerraba la puerta.
García López interpreta, con prudencia, que la abadesa temía menos la excomunión canónica que el enfrentamiento con las autoridades civiles. Así, abandonada, sola, y sin poder acojerse a lo sagrado, Ana de Menzona tuvo que volver a la carcel que se había vuelto su palacio, y su situación empeoró después de ese episodio.
La fuga, como tal, apenas aparece en la bibliografía sobre la princesa. García López la califica de circunstancia “desconocida hasta ahora”, lo cual dice algo sobre cuánto material documental permanece sin explorar en los fondos de Simancas y el Archivo Histórico Nacional.
Finalmente Ana de Mendoza murió en Pastrana en 1592, a los cuarenta y seis años. Felipe II la sobrevivió seis más.
Nos vemos los jueves es un proyecto independiente creado sin grandes medios. Si disfrutas de nuestros artículos y quieres que sigamos publicando,
puedes apoyarnos en Paypal.
Cada aportación, por pequeña que sea, nos ayuda a mantenerlo vivo.
