Voy de descubrimiento en descubrimiento, como si acabara de cumplir veinte años.
Descubrir, develar. Hacer manifiesto lo que estaba oculto. Eso que en algún momento no lo estuvo y por eso fue velado, cubierto. Descubrir se trata entonces de volver a un estado primigenio.
En el último año descubrí, guiada por el mismo método, dos autores que no conocía. Y entre los dos, un lazo inesperado.
La entrada a una librería suele ser el inicio de un viaje que no se sabe nunca cómo termina. Rara vez se trata, para mí, de una entrada a vuelo de pájaro, mucho menos un echar un vistazo. Entrar y quedarme en una librería es, casi siempre, un paseo en estado de semi inconsciencia. Olfateo, deambulo, busco hacer pie, hasta que empiezo a dejarme guiar por un sistema de signos que no conozco y que se escribe solo.
Si entro buscando un título puntual, me alegra que me digan que no lo tienen, porque eso me da permiso a la verdadera intención, al único motivo que me mueve en una librería: recorrer estantes y pasillos casi como una analfabeta.
Era verano en Madrid
Es el último lunes de junio, el termómetro no deja de marcar más de treinta y cinco grados hace días. Son casi las dos de la tarde. Entramos con una amiga a una librería de Lavapiés. Lamento no recordar el nombre. Es una librería chiquita, de barrio, diríamos en mi barrio del conurbano bonaerense. La mujer que atiende se está por ir en unos minutos pero nos dice que podemos pasar. Cada una a lo suyo. En una librería soy mi versión más antisocial. Enseguida me doy cuenta de que la selección de títulos no es azarosa, y que está pensada para vender como última intención.
Mi amiga pone en mis manos Claros del bosque, de la filósofa malagueña María Zambrano, y con ese gesto tuerce el rumbo de lo que voy a empezar a escribir al día siguiente. Mientras ella elegía, fiel a mi sistema, yo había estado merodeando. Supe que el sistema había funcionado una vez más cuando tuve en mis manos el libro de un autor que no conocía, del que nunca había escuchado nombrar: Jacques Brosse. La alegría del momento se llama el libro que compré, de la hermosísima Editorial Periférica. Me pareció entonces que no podía haber mejor compañero de título para el libro que mi amiga A. me estaba regalando. No me equivoqué. Podría decir muchas cosas del Diario de Brosse, porque eso es La alegría del momento, un diario, el diario del último año de vida del escritor. Pero quisiera detenerme en la entrada del viernes 23 de marzo.
El viejo monje budista, el escritor naturalista, el poeta, el hombre que, aunque con salud, sabe que la vejez termina en la muerte, escribe sobre el resplandor de una luz que todo lo transfigura. Una luz que despierta en él un estado que hacía mucho no experimentaba. No lo dice así, pero es una luz que le evoca otra, aunque no pueda recordar cuál, ni dónde, ni cuándo.
Hasta que adviene el recuerdo: Esa luz es exactamente la misma que la de una mañana de primavera en Milán. Las sensaciones y la emoción que la acompañan, las mismas también, sólo que cincuenta años después. ¿Existe algo como la equivalencia al lado de la fórmula cincuenta años después?
El pasaje del 23 de marzo me tomó por completo. No paré hasta grabarlo. Se oyen las chicharras (gigarras) detrás, me equivoco en la dicción, va rápido por momentos, y aún así, guardo este audio. Encuentro que, de alguna forma, guarda una verdad. ¿Una verdad alla rustica?
Es verano en Lima
No lo he pensado con seriedad, pero empiezo a creer que el verano me ha deparado más encuentros librescos que el invierno.
Primeros días de enero. Es un verano húmedo e insólitamente caluroso para Lima. Prometí a los chicos que íbamos a elegir libros juntos. Vamos a una de las librerías que les gusta. Después de haber acopiado dos tomos de una saga, un cómic y un libro sobre la gloria eterna de un club de fútbol, les digo que es mi turno, que se entretengan un rato. Hago lo que hace cualquier madre, me abstraigo de las demandas. Activo el sistema. Paso de los estantes de poesía a los de ensayo y de ahí a los de escritura sobre escribir. Las poleas del sistema parecen estar adormecidas esta vez. Pregunto por un par de libros que no tienen, creo que voy a irme con las manos vacías. Hasta que mis manos lo levantan, leo el título. Sé que es el descubrimiento de hoy, el primero del año y ojalá no el último, aunque nunca se sabe. Me llevo a casa El paseo bajo los árboles, de Philippe Jaccottet.
De nuevo, no me equivoqué. No puedo parar y quiero leer más de este poeta suizo asentado en Francia, del que tampoco había escuchado hablar. Son enormes las lagunas de lo que no conozco, de lo que no sé. Como pocas veces, veo con claridad lo prodigioso de la industria editorial. Consigo otros de sus libros. Doy con una versión bilingüe de Cuaderno de verdor. Juego a traducir.
El primer pasaje de Le cerisier [El cerezo] habla en una lengua que reconozco.
A veces pienso que si todavía escribo, es, o debería ser sobre todo para volver a juntar los fragmentos, más o menos luminosos y contundentes, de una alegría que, podría creerse, estalló un día, hace mucho tiempo, como una estela interior, y esparció su polvo entre nosotros.
¿No es de esto de lo que habla Jacques Brosse? Pero si hay dudas, Jaccottet dice que algo de ese polvo [cuánto más dulce es la voz original: poussière] se enciende de vez en cuando en una mirada, refleja su esplendor en la naturaleza.
¿No eligieron los dos la poesía como único e irremediable camino para rozar o para guardar algo de ese resplandor, de ese momento de epifanía? Y decir elegir es no poder dar cuenta del destino de quien, como Saulo en el caballo, es atravesado por el refucilo de una revelación.
Des-velar
Descubrir es dejar a la intemperie lo que alguna vez fue ocultado.
Philippe Jaccottet nació en 1925 en Moudon, Suiza. Desde 1953 vivió en Francia hasta su muerte en 2021. Jacques Brosse nació en 1922, en Francia, país en el que residió toda su vida, hasta su muerte en 2008.
No puedo dejar de pensar en si se han conocido. Si han conversado respecto de sus búsquedas. Queriendo saber algo más, doy con un dato que siempre tuve delante. Los dos fueron traducidos al español por el poeta, ensayista, docente y traductor oriundo de Tenerife, Rafael-José Díaz. Traducir, esa actividad tan cercana a la poesía, ese vérselas con la materia siempre lábil del lenguaje.
Anonadada todavía por la fertilidad del sistema, que me sigue entregando hallazgos más allá de toda búsqueda, leo en Al borde del abismo y más allá acerca de las secretas concomitancias que en ocasiones se dan entre obras y autores aparentemente distantes. En otro pasaje habla de confluencias imprevistas.
Rafael-José Diaz no podría haberlo dicho de manera más precisa. Una de las maravillas de la acción de leer es, justamente, dar, de manera azarosa pero irrefutable, con un rasgo, un elemento, un aire de familia de esa concomitancia. Esa concomitancia que, oh maravillas del sistema, se brinda de a pedazos y por temporadas en nuestra trayectoria lectora.
En Al borde del abismo y más allá Rafael-José Díaz presenta a tres poetas de su devocionario -Jaccottet, Roud y Perrier- y con ellos, a su búsqueda de poeta, a sus desvelos de traductor.
Vuelvo a pensar en la belleza de seguir descubriendo, en la precisión de un sistema que me excede, en la verdad de lo volátil -reflejos, resplandores-, en la voz poussière.
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