El 22 de diciembre de 2015 la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió establecer el 11 de febrero como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.
Su objetivo era promover la visibilización de la participación y los trabajos de las féminas en los campos de la tecnología y la ciencia. De esta manera se sacaba a la luz las figuras de muchas mujeres desconocidas y de la importancia de su aportación para el desarrollo científico creando modelos para en los que las futuras generaciones de niñas pudieran mirarse.
En 2026 se cumplen once años desde aquella resolución. Más de una década visibilizando la participación femenina en los campos de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.
Y, sin embargo, la pregunta sigue siendo incómoda: ¿por qué todavía es necesario?
¿Por qué se celebra el 11 de febrero?
La proclamación oficial tuvo un objetivo claro: lograr el acceso y la participación plena y equitativa de las mujeres y las niñas en la ciencia. No se trataba únicamente de homenajear a científicas destacadas, sino de corregir una desigualdad estructural.
Según datos de la UNESCO, solo el 35% del total de las personas que estudian carreras STEM (ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas) son mujeres. Aunque los datos afirman que niñas y niños tienen un rendimiento similar en las asignaturas relacionadas con las ciencias y las tecnologías, muchas chicas siguen sin sentirse apoyadas y alentadas para continuar carreras en estos campos.
Al hacer historia de la ciencia en muchas ocasiones se comete el error de narrarla a través de hitos, con figuras heroicas puntuales y sus descubrimientos, sin tener en cuenta que la ciencia y el conocimiento se construye de manera colectiva y continua.
El caso de la aportación de las mujeres al conocimiento científico es difícil de evidenciar ya que desde la antigüedad su labor ha sido silenciada, por no decir, además, que su contribución no era del interés de los historiadores (masculinos siempre) de la ciencia.
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En la historia, la participación femenina en la ciencia no era tenidas en cuenta tampoco por sus contemporáneos, y eso a pesar de que ilustres mujeres de los siglos XVIII y XIX favorecieron y ayudaron gracias a su posición social a numerosos intelectuales y sabios a través de su mecenazgo.
Niñas y niños tienen un rendimiento similar en las asignaturas relacionadas con las ciencias.
El papel de las salonnieres durante la Ilustración fue fundamental para reunir a numerosos pensadores y científicos de la época y favorecer el intercambio de ideas. Pero lo hacían desde el papel que la sociedad les otorgaba, el de anfitrionas amables y, aparentemente, frívolas.
La brecha de género en la ciencia en 2026
No es que ellas no hicieran ciencia y no intentaran divulgarla, es que los máximos responsables de las instituciones científicas ni siquiera contestaban a sus artículos y cuando, como en el caso de Laura Bassi lograban impartir clase en una universidad como la de Bolonia, se negaba que lo hubiera hecho, a pesar de que existieran pruebas documentales de ello. Por eso muchas de ellas preferían que sus notas y estudios se presentaran de forma anónima ya que, si lo hacían con su nombre, condenaban a sus trabajos a ser ignorados o a ser robados y que un varón se los atribuyera.
No es extraño que entre tanto silenciamiento sistemático del papel femenino en la ciencia lo hicieran de esta manera como una forma de protegerse, ya que el papel de pensadoras dañaba gravemente su reputación.
Hasta finales del siglo XIX no fueron admitidas en los estudios superiores y, aún cuando lograban llegar a la Universidad, se consideraba que su vocación investigadora debía quedar relegada por detrás de sus obligaciones familiares.
El efecto Matilda: cuando los méritos tienen nombre masculino
Por mucho que se haya mejorado en los últimos años, un dato significativo es que tan solo 22 mujeres han ganado un premio Nobel en una disciplina científica, una proporción ínfima de las que han realizado investigaciones relevantes. Esto puede ser causado por el llamado efecto Matilda.
Se trata del prejuicio por el que se atribuye el trabajo de una mujer a su compañero masculino. Este comportamiento fue descrito por Matilda Gosling Gage, una abolicionista del siglo XIX cuando hablaba de la capacidad de invención de las mujeres en su ensayo “La mujer como inventora”.
Este efecto Matilda fue sufrido incluso por Maire Curie a la que nunca se le admitió en la Academia de ciencias de Francia y que obtuvo el premio Nobel solo cuando su marido Pierre amenazó con rechazarlo si no lo compartía con ella.
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