La fascinación de leer

La fascinación de leer

Algo se escapa y quiero quedarme ahí. ¿No es esa la fascinación de la lectura?

Termino de leer Un koan para el señor Nishida, de Alejandra Kamiya y tengo la sensación de que algo se me escapa. Es el segundo de los trece relatos que conforman El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2024, Eterna Cadencia). ¿Una clave de lectura para todo lo que sigue?

Si el final abierto en las películas sustrae algo para que quien mira haga el ejercicio de completar, en este cuento sé que tengo todo adelante mío y aún así, algo se escurre. Es la escritura de Kamiya llevada en este relato a un nivel de sensación física. 

Algo se escapa y quiero quedarme ahí. Sé que vendrán capas de tiempo que armarán capas de sentido que las sucesivas torsiones del tiempo se encargarán de develar lábiles. ¿No es esa la fascinación de la lectura?

Lo que insiste

En El destino de la palabra (2025, Ediciones del subsuelo) el traductor y escritor chileno Adam Kovacsics hace una serie de reflexiones acerca del arte de traducir, pero sobre todo, acerca del lenguaje y la palabra. Y por esa vía, cómo no, habla de poesía. Dice, por ejemplo: No es la poesía la opaca, sino nosotros. Nosotros, los opacos, nos hemos cerrado a la palabra poética.

El libro se compone de tres textos. Un ensayo en primer lugar, un cuento en tercer lugar y en el medio un texto inclasificable. Luego de páginas dedicadas a pensar la palabra, sus usos, el manoseo capitalista del lenguaje, la epifanía poética; y antes de un relato acerca de un padre y un hijo, o acerca del paso del tiempo; Kovacsics injerta un texto llamado El lenguaje de la información. Son dieciocho páginas con datos, números, estadísticas. Algunos datos sorprenden, otros indignan, la mayoría me dejan impávida, algo así como el sí, apá de Los osos montañeses.

Una especie de Cambalache en el que conviven afirmaciones de los más diversos temas sin ningún tipo ilación.

La calle más larga de España mide 19 kilómetros.

El cerebro humano tiene 100 mil millones de neuronas.

Cómo calmar a una persona furiosa en menos de 90 segundos.

El insomnio crónico afecta al 14 por ciento de la población.

Y así sucesivamente. Decenas de datos. Los números escritos así «en números», como un pedacito de verde entre los dientes de la persona que tenemos enfrente. De vez en cuando un según los expertos.

Sí, si te recuerda al scrolleo, diste en el clavo. Es un texto sin bajada, sin conclusión, sin reflexión intercalada en el lodazal de los números. Un texto que hunde un tajo en la escritura poética de Kovacsics, que revela la basura en la que nadamos sin darnos cuenta. Es el propio collage el que arma el meta-texto de El lenguaje de la información.

Lo que buscamos

No es información lo que buscamos cuando nosotros, los opacos, leemos.  Eso está en todas partes, vivimos aturdidos de información, sobrecargados de titulares sin bajada, de números sin cuerpo. Cuando leemos cuentos y novelas, buscamos otra cosa. ¿Conmovernos? ¿Identificarnos? ¿Ser interpelados? ¿Encontrar las palabras justas para decir nuestra manera de estar en el mundo? No sabemos muy bien qué buscamos cuando leemos, pero cuando nos topamos con eso, lo reconocemos. Y rezamos para que no sea todo, para que haya aún un poco más de eso más allá, en otro cuento, otra novela.

Le doy vueltas al cuento del señor Nishida. Ese pensamiento era como una mosca encerrada en un frasco, dice la voz narradora del cuento. ¿No son todos los pensamientos así? Moscas encerradas en el run run de las palabras, en la cinta caminadora del sentido. El peso de los pensamientos del señor Nishida -cuándo va a terminar de pagar la hipoteca, qué pasaría con su familia si a él le pasara algo- se deshace frente al jardín en el que juegan las hijas, el peso se evanesce frente a las hijas que crecen.

Entonces el señor Nishida sintió la presencia del viento. Un viento fuerte que pareció susurrar algo a través de las paredes de madera de la casa. Un viento desatado, que después va a helarse y luego va a quedarse quieto, justo antes de desaparecer.  

El cuento se llama Un koan para el señor Nishida, ya lo dije, pero insisto porque: ¿qué es un koan?

En El imperio de los signos, Roland Barthes dice:

he aquí lo que se recomienda al ejercitante que trabaja un koan (o anécdota que le es propuesta por su maestro): no resolverlo, como si tuviera un sentido, ni siquiera percibir su absurdo (que sigue siendo un sentido), sino rumiarlo «hasta que se caigan los dientes.”

Como si tuviera un sentido.

Hasta que se caigan los dientes.

Lo que se escapa

Una de las maneras en que los seres humanos tendemos a organizar el caos de la vida es armando una colección, leo en Una concentrada dispersión, uno de los cuentos de Un puñado de flechas (2024, Anagrama) de María Gainza.

…la colección es el vórtice que atrae hacia su centro la parte de nosotros que se quiere ahogar, pero también aquella que quiere salvarse.

Eros y Tánatos atraídos por la misma fuerza imantada que nos deja mudos, fascinados. La narradora recuerda la película La hipótesis del cuadro robado, de Raúl Ruiz, en la que el entrevistador y un coleccionista discuten sobre la desaparición de un cuadro. Hacen hipótesis, tratan de encontrar conexiones subterráneas entre las pinturas que han sobrevivido y la que ha sido robada. Nada que hacer, leemos. El sentido de la serie se les escapa y, sin embargo, tienen la certeza de que hay un hilo.

Es eso que se escapa lo que mueve al coleccionista.

Es eso que se escapa lo que, justamente, propone el koan.

Es eso que se escapa lo que buscamos una y otra vez en la lectura, entre las palabras, en las evocaciones que la palabra despierta, en las reverberaciones de sentidos, en la música de las palabras. Eso que buscamos no para encontrarlo, sino para corroborar, una y otra vez, que no lo alcanzaremos y que está bien así. Porque entonces, seguiremos leyendo; con la docilidad de la infancia y la rebeldía adolescente, con la lucidez de la duda, con fe, con desconfianza, con entrega. Queriendo iluminar la opacidad, y al mismo tiempo, cruzando los dedos para que ello no ocurra del todo, por favor.

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