Hay momentos en la historia que parecen pequeños… pero que en realidad lo cambian todo. El atentado contra Juan Prim en diciembre de 1870 es uno de ellos.
Siempre he pensado que el siglo XIX español fue una tormenta casi permanente: pronunciamientos, guerras carlistas, cambios de régimen, luchas entre liberales, absolutistas y republicanos… Un país que parecía no encontrar nunca el equilibrio. Y en medio de ese caos, Prim representaba algo distinto: estabilidad con reforma.
Su muerte fue, probablemente, la chispa que explotó el único puente que podía haber estabilizado España en el final del siglo más traumático de nuestra historia.
Pero… ¿qué habría pasado si Prim hubiera sobrevivido?
La España del siglo XIX, al borde del colapso
El regreso de Fernando VII a España, tras su forzada ausencia bajo la sombra napoleónica, fue el de un problema que el país no sabía cómo resolver. Lo que siguió, hasta la tarde en que Isabel II cruzó la frontera camino del exilio, fue una sensación crónica de provisionalidad, como si España viviera en un perpetuo ensayo general que nunca alcanzaba la función definitiva.
Los pronunciamientos se sucedían con una regularidad que acabó por banalizarlos. Las constituciones duraban lo que duraba el gabinete que las promulga. Las guerras civiles no terminaban de cerrarse porque nadie sabía cómo cerradas realmente.
Y entre tanto, las conspiraciones palaciegas convertían la política en un ejercicio de intriga permanente, donde el verdadero poder residía no en las Cortes sino en los pasillos de Palacio y en las logias de oficiales disgustados.
España parecía estar naciendo una y otra vez sin lograr nunca consolidarse como adulta. La Revolución de 1868, la la Gloriosa, interrumpió esa inercia con la fuerza de quienes no podían más. La reina se fue al exilio, y el país quedó ante una escena literalmente inéditas: una monarquía sin rey, un trono vacío en una nación que había demostrado poder existir —aunque fuera entre ruinas— sin quien lo ocupara.
Existía texto constitucional, existían Cortes dispuestas a legislar, existía una voluntad declarada de regeneración. Pero faltaba el vértice que diese forma al conjunto, la figura que completara el dibujo. En ese vacío se movió Juan Prim.
España se descolgó del progreso europeo
Prim había combatido en Cuba, había sobrevivido a conspiraciones, y, como miembro del ejército, sabía que este era una institución política en sí misma, no meramente subordinada al poder civil, con poder de hacer y deshacer a su gusto. Corrupción y marcialidad iban de la mano en aquel tiempo.
Prim quería otra cosa: acotar el poder de la Corona, robustecer el Parlamento, disciplinar la influencia del ejército en la vida civil y abrir espacio a una modernidad que España llevaba décadas posponiendo con la excusa de la guerra o la división o la ausencia de recursos. El problema era que el país no compartía un diagnóstico común.
La fractura no era de liberales, conservadores, monarquicos, isabelinos, carlistas o absolutistas.
Los Republicanos veían en cualquier rey una traición al pueblo. Los Monárquicos liberales que aspiraban a reformas sin tocar demasiado. Los Carlistas vivían aferrados a su propia legitimidad dinástica, la del pretendiente que no existía. Los Alfonsinos esperaban pacientemente el regreso del heredero borbónico, con la paciencia de quienes saben que la historia tiene plazos largos. Y, más discretos pero persistentes, estaban los que añoraban el absolutismo sin careta liberal.
Mientras tanto, el resto de Europa avanzaba. Francia con Napoleón III completaba su red ferroviaria y extendía el crédito; el Reino Unido consolidaba su hegemonía industrial y comercial; Prusia, que pronto sería Alemania, articulaba su poder bajo un proyecto nacional coherente que incluía el acero, la banca y la escuela.

Aquí, en cambio, cada crisis reabría el debate fundacional. La inestabilidad tenía consecuencias concretas. Ahuyentaba el capital extranjero, que prefería invertir en ferrocarriles franceses o belgas antes que en un país donde cualquier pronunciamiento podía nacionalizar la deuda o confiscar propiedades.
Prim sí tenía un proyecto regenerador: alfabetización, desarrollo industrial en el norte, impulso a la minería cantábrica, modernización agrícola en el sur, separación Iglesia-Estado.
No era un revolucionario improvisado. Era un estadista con plan.
El atentado contra Prim
El 27 de diciembre de 1870, en una Madrid invernal, el carruaje de Juan Prim fue interceptado en la calle del Turco, donde recibió varios disparos fatales. Aunque gravemente herido logró llegar a su residencia, Prim falleció tres días después.
Lo verdaderamente decisivo fue el momento. Prim murió justo cuando España esperaba la llegada del nuevo monarca elegido por las Cortes, Amadeo I de Saboya.
El joven rey desembarcó en Cartagena y, en lugar de encontrarse con el estadista que había diseñado su trono, halló un país conmocionado y a su principal valedor en el féretro.
¿Quién asesinó realmente a Prim?
Nunca se estableció una verdad judicial definitiva. Las sospechas apuntaron a republicanos radicales y a sectores monárquicos vinculados a Montpensier y Serrano.
Antes incluso de comenzar a reinar, Amadeo quedaba políticamente huérfano, privado del único hombre capaz de sostener el frágil equilibrio sobre el que se asentaba aquella nueva monarquía.
Si Prim hubiera sobrevivido: el escenario político inmediato
Aquí empieza el verdadero ejercicio contrafactual.
Si Prim no muere:
- Amadeo no queda políticamente huérfano.
- El ejército tiene un referente claro.
- Los sectores liberales se cohesionan.
- La regencia de Serrano queda definitivamente neutralizada.
En mi opinión, la monarquía saboyana habría girado hacia posiciones liberales más marcadas, alejándose del modelo conservador que representaron Isabel II o, más tarde, Alfonso XII.
Habría sido una monarquía constitucional fuerte, con reformas graduales y respaldo militar.
Y aquí está un punto clave: el ejército probablemente habría aceptado mejor a un rey extranjero si Prim —general prestigioso y héroe militar— hubiese sido su garante.
Sin Prim, Amadeo era un rey solo. Con Prim, habría sido un rey respaldado.
Cómo habría cambiado España a largo plazo si Prim hubiese sobrevivido
Es muy probable que se habría evitado la Primera República. Amadeo abdicó en 1873 tras apenas dos años de reinado y seis gobiernos distintos. Sin Prim, el sistema colapsó. Pero si el General hubiera sobrevivido el nuevo monarca contaría con el apoyo del ejército y de parte del sector político, reforzando su mandato.
Con Prim vivo, la estabilidad inicial habría sido mayor. Eso podría haber evitado la proclamación de la Primera República y su caos posterior (cantonalismo, golpes internos, debilidad institucional).
Cuba, Filipinas y el posible adiós al Desastre del 98
Aquí entramos en terreno geopolítico.
Prim era pragmático. Sabía que la cuestión cubana no podía resolverse solo con represión militar. Es plausible que hubiese impulsado reformas autonómicas antes de que el conflicto se enquistara.
Si Cuba se hubiera reformado en los años 70:
- Tal vez no habría guerra prolongada.
- Tal vez no habría intervención estadounidense.
- Tal vez no existiría el Desastre del 98.
Sin 1898, España no sufre el trauma nacional que marcó a generaciones enteras.
¿Una España más integrada en Europa?
Con un rey Saboya consolidado, las alianzas con Italia y Francia podrían haberse fortalecido.
En mi hipótesis, eso habría mejorado la percepción internacional de España, atrayendo inversión extranjera, especialmente en minería e industria pesada del norte.
Incluso cabe imaginar un mayor peso diplomático en el Mediterráneo, y quizá —aunque esto ya es especulativo— una posición distinta en la futura Primera Guerra Mundial.
¿Habría cambiado el siglo XX español?
Esta es la pregunta más ambiciosa, pues el siglo XX español está marcado por 3 sistemas, cada uno fruto de los desastres del anterior. El mal hacer de Alfonso XIII trajo la II República, y el desastre social de la misma trajo la Guerra Civil y la correspondiente dictadura franquista.
Sin Restauración borbónica clásica.
Sin trauma del 98.
Sin crisis estructural del sistema de turnos.
Las probabilidades de una dictadura como la de Primo de Rivera disminuyen. Y si esa pieza no cae, la cadena que conduce a 1931 y 1936-1975 cambia radicalmente.
No significa que España se hubiera convertido en Suiza. Las tensiones sociales existían y eran profundas. Pero habrían evolucionado dentro de un marco institucional más sólido.
La Guerra Civil no era inevitable. Fue el resultado de una acumulación de fracturas. Y una de esas fracturas comenzó en una calle nevada de Madrid en 1870.
¿Amadeo I habría tenido éxito con Prim vivo?
Las probabilidades aumentaban significativamente. Su principal problema fue la soledad política.
¿Se habría evitado el Desastre del 98?
No es seguro, pero una reforma temprana en Cuba podría haber cambiado el desenlace.
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