Federico Garcia Lorca en Nueva York

La visión de Federico García Lorca de la ciudad de Nueva York, un mundo sin sueño 

En 1929 Federico García Lorca realizó un viaje a la ciudad de Nueva York, conociendo el mundo sin sueño americano. Artículo escrito por @Lorca_G27, homónimo de Lorca en Twitter. Aunque, en cualquier caso, el tiempo da igual, pues lo importante de este artículo es el mundo en general, con sus horas malditas y sus cambios…

En 1929 Federico García Lorca realizó un viaje a la ciudad de Nueva York, conociendo el mundo sin sueño americano.

Federico Garcia Lorca en Nueva York
Artículo escrito por @Lorca_G27, homónimo de Lorca en Twitter.

Aunque, en cualquier caso, el tiempo da igual, pues lo importante de este artículo es el mundo en general, con sus horas malditas y sus cambios supuestamente progresistas que a mí no me lo parecen por muchas razones. Y eso es lo que mostré en Poeta en Nueva York.

Si me conoce, sabrá que el surrealismo y yo tenemos una íntima relación, que lo amé (por expresarlo de alguna manera) tanto como a Dalí, a la Luna o a mi Granada. Pues bien, hoy me estreno en este acogedor blog comparando muy brevemente (pues podría escribir un ensayo sobre el tema) uno de los poemas que escribí durante mi estancia en la ciudad que nunca duerme y el presente, porque hasta a mí me asusta con qué precisión preví el futuro.

He aquí el poema del que le hablo:

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Hay un muerto en el cementerio más lejano

que se queja tres años

porque tiene un paisaje seco en la rodilla;

y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto

que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda

o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.

Pero no hay olvido, ni sueño:

carne viva. Los besos atan las bocas

en una maraña de venas recientes

y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso

y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

Un día

los caballos vivirán en las tabernas

y las hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día

veremos la resurrección de las mariposas disecadas

y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos

veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.

¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,

a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente

o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,

hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,

donde espera la dentadura del oso,

donde espera la mano momificada del niño

y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Pero si alguien cierra los ojos,

¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos

y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

Ya lo he dicho.

No duerme nadie.

Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,

abrid los escotillones para que vea bajo la luna

las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

Y bien, ¿qué quería expresar yo con estas palabras y mis metáforas? La angustia. La angustia, exasperación, miedo incluso, que me produjo ese urbanismo que mató a la naturaleza, esa cultura de odio hacia los negros y todo aquel que no fuera un borrego. Nadie duerme porque todo el mundo debe estar con los ojos bien abiertos, expectantes a cada cambio.

Esa maldad que yo vi, que tanto aborrecí, que expresé con desesperación en imágenes que me reconcomían: intenté mostrar al mundo mi punto de vista de este “progreso”, de esta crueldad sin par y que iba a desembocar en… Bueno, en nuestros días. ¿O me equivoco? ¿No cree que la industrialización que supuestamente ayuda es venenosa cual serpiente?

Piense: las fábricas pueden producir muchísimos artefactos novedosos que nos hacen la vida más sedentaria, pero, ¿y la tierra? ¿Qué será del cielo, y del agua? ¿Que será de los verdes campos? ¿Y de lodorados sembrados con espigas? En mis tiempos ya había contaminación, pero cada vez es más grave. La naturaleza está siendo modificada, y las ciudades se llenan de personas en las que no puedes confiar, en máquinas con un destino tan negro como la pez.

Federico Garcia Lorca
Lorca en la radio

 ¿Y qué hay del racismo? Oh, esa aversión incontenible que tienen aquellos que se creen superiores por tener la piel más pálida. Deseaba que este tema cesara, y, por desgracia, aún lo deseo. No me malinterprete, digo “desgracia” porque debería haberse extinguido hace décadas. De hecho, jamás tendría que haber existido. Y es que parece que en estas ciudades malignas los muertos no descansan, sino que sufren eternamente, que no hay espacio para la relajación ni la paz. Nadie duerme ni descansa.

Y no se equivoque; quizás mostré una pizca de esperanza con las mariposas disecadas renaciendo, pero nada más lejos de la verdad: el Juicio Final, sea el bíblico, sea otro, nos está alcanzando, y todo terminará en desdicha y copas falsas, en ponzoña para nosotros y nuestros seres queridos. El mundo no se ha vuelto loco, sino que estamos haciéndolo enloquecer.

En conclusión, no me desencaminé mucho cuando dije que la vida acaba rápido, que los problemas, si te preocupan, no te soltarán: se aferrarán a ti como si les fuera la vida en ello, que acabaríamos mal, muy mal, si seguíamos así.

Y mire cómo estamos, en un mundo donde el terrorismo y el odio imperan, donde la naturaleza ha quedado relegada a parques temáticos, donde el ser humano es cada vez más lánguido y perezoso, provocando así una reacción en cadena que nos está ya atando los ojos de manera que no podamos cerrarlos jamás, ni siquiera una vez en la tumba.

Escrito por Federico Garcia Lorca

(@Lorca_G27)



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