Si algo extraño de Argentina, es el cielo. Es una añoranza que a veces se me clava en el esternón. Recuerdo, imagino, deseo ese cielo ancho como un mar, la luz diáfana, en contraste perfecto con el blanco de las nubes. Nubes gordas, blancas, ligeras, amorfas, veloces. Nubes que van y vienen. Que se agrupan, bailan, se deshacen del abrazo. Nubes que se esfuman, se diluyen, se desgajan.
Vuelven.
La cirujana: Un thriller trepidante y adictivo de suspense
7,12 € (a partir de 25/01/2026 19:28 GMT +01:00 - Más informaciónProduct prices and availability are accurate as of the date/time indicated and are subject to change. Any price and availability information displayed on [relevant Amazon Site(s), as applicable] at the time of purchase will apply to the purchase of this product.)En septiembre de 2025 se instaló en el Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires, una retrospectiva del artista y escultor Federico Brook, el hacedor de nubes. A lo largo de su carrera, entre Roma y Latinoamérica, las nubes fueron una constante en las que trabajó con materiales, soportes y dimensiones diversas. En su búsqueda formal y estética Brook desafió la tensión entre la levedad de las nubes y lo férreo de materiales como la piedra. En el camino supo lo que tienen en común la escultura y la naturaleza: la tentación del expandirse. Sus nubes son de granito, de metal, de piedra. Son collages, esculturas, dijes, pinturas. Móviles y estáticas. Todas perennes. Al final, parece, logró lo imposible: asir lo efímero.
Mira las nubes
Desde que tengo memoria me acompañan los versos de la canción Mira las nubes, de La Portuaria, la formación musical liderada por Diego Frenkel.
Mira las nubes
nunca se detienen
nunca toman forma
nunca se conmueven
mira las nubes
y verás que el cielo
sólo hace preguntas
todo el tiempo
Es la letra, por supuesto. Pero también es la voz, el ritmo, los instrumentos. Es haber tenido veintipico y haber sido testigo y protagonista de una epifanía: había estado equivocada.
Una vez pensaste
que en el mundo existen
palabras precisas
en cada momento
mira las nubes
y verás que el cielo
sólo hace preguntas
todo el tiempo
Durante mucho tiempo había perseguido la palabra precisa, la convicción, el buen decir. Equivocada había estado. Al final eran preguntas lo que trae el espacio sideral.
Movimiento, despliegue, búsqueda, tránsito, cambio. Preguntas. Como las nubes. Miralas. Siempre distintas. Toscas, de bordes definidos, amorfas. Pero nubes, todas nubes, cada nube.
Estoy casi segura de que Hernán Ronsino escuchó La Portuaria. En Una música, la novela de Ronsino editada en Argentina por Eterna Cadencia y en España por Sexto Piso, también hay nubes. En uno de mis pasajes favoritos, Juan Sebastián Lebonté, el protagonista, dice:
Basta con mirar un buen rato las nubes. Basta con mirar un segundo, sustraerse del movimiento rutinario y contemplar el trazo grueso de las nubes, sus bordes. (…) Basta con mirar cómo las nubes todo el tiempo se reinventan para entender que eso que llaman progreso, esa línea inevitable por la que hay que transitar, cumpliendo a cada paso metas, objetivos, esa línea que nos conduce hacia un destino grandioso no existe. Cuando ves el movimiento constante de las nubes te das cuenta de que el progreso no existe; que a veces es mejor bajarse en el paraje menos indicado para reinventar desde esa supuesta periferia una mirada.
Y entonces, más preguntas. Ya dije en esta entrada que me declaro fanática de las preguntas.
Eso que llaman progreso ¿qué es?
¿Dónde está el centro del cielo? ¿Hacia dónde se extienden sus periferias?
Pero claro, ¿cómo bajarse?
Y sobre todo, ¿cómo reinventar la mirada?
Todo es nube
Habrá que pensar todo de nuevo. Signo de los tiempos. Y esta vez habrá que hacerlo bien, con lo que importa en el centro. Porque, si miramos bien, y con el permiso de parafrasear el primer verso de Nubes I, de Borges, no hay* una sola cosa que no sea una nube.
El verso original dice:
No habrá una sola cosa que no sea
una nube.
Nubes II, el poema que le sigue al anterior, termina así:
¿Qué son las nubes? ¿Una arquitectura
del azar? Quizá Dios las necesita
para la ejecución de Su infinita
obra y son hilos de la trama oscura.
Quizá la nube sea no menos vana
que el hombre que la mira en la mañana.
Alzar los ojos al cielo. Escribir. Rezar. Darse con lo infinito y permanente. Volver entonces la mirada a lo chiquito y cercano. Y que lo ancho hable de lo cóncavo. Y que el ángulo contenga lo inmenso.
Nubes vaporosas,
nubes como tul,
llevad l’alma mía
por el cielo azul.
(…)
Nubes pasajeras,
llevadme hacia el mar.
a escuchar el canto
de la pleamar
y entre la guirnalda
de olas a cantar.
Fragmento de A las nubes, de Gabriela Mistral
El compositor italiano Giorgio Conte canta, con un piano pianissimo y la voz en un susurro, Passano le nuvole. Agradezco la referencia a mi amiga M.M.
Las nubes pasan, pero el cielo siempre queda ahí, repite el estribillo de la canción. No hay nube sin cielo. Ni al revés. Del contraste saltan las chispas. Pero algo más, en su vaporosidad, en su fugacidad, las nubes nos dicen que una parte de la humanidad es tener que vérselas con lo que se rompe, lo que se deshace, lo que se evapora.
Leo a un poeta que cita a Basho:
Soy un jirón de nube que cede al envite del viento…
Jugar a las nubes
Con los ojos podía juntar nubes y formar dibujos.
Era fácil.
Pestañear. Una, dos, tres veces, como máximo, y el blanco se condensaba en un camello, en un edificio sin ventanas, en un geranio de ciento veinte pétalos. Se había traído el secreto de unas vacaciones de infancia y lo había recuperado hacía poquito, de casualidad, una tarde que se dejó ganar por el brillo del cielo. Y por las ganas de que todo fuera de otra manera.
Iba recordando las reglas a medida que repetía el juego. No valía saber de antemano qué dibujo vendría, había que recibir lo que el cielo quisiera regalar y zambullirse. Tampoco valía insistir en recuperar la imagen perdida; cuando el dibujo se esfumaba había que aceptar la partida. Menos valía repetir, aferrarse a un solo campo semántico. Las nubes debían traer novedad.
Así iba Dolores últimamente por la ciudad: en babia, nadando entre nubes, recuerdos, promesas. Buscando ser ligera. No podía adivinar que las nubes fueran a deshacerse en vapores, en silencio. Y que eso la dejaría tan cerca de un cielo sin límites ni bordes ni red.
Mira las nubes y verás que el cielo…
Si te gusta lo que hacemos y quieres que este proyecto siga creciendo, puedes apoyarnos en
PayPal.
Cada aportación, por pequeña que sea, nos ayuda a mantener vivo este proyecto independiente.
