Muerte en Venecia (1971), de cómo el arte trasciende a la muerte

Hay un discurso en torno a la belleza, que es incluso más pura que el arte, aun siendo su expresión una búsqueda de la perfección.

Muerte en Venecia es una obra densa y pesada, donde el conflicto se entiende en atención a la época, previo a la Primera Guerra Mundial y haciendo alusión a la decadencia de la aristocracia europea, simbolizada por la llegada de la epidemia del cólera a las puertas de Venecia en plena temporada turística.

El tratamiento de la homosexualidad acorde al período histórico en que Thomas Mann publicó (1912) la novela homónima. Un destacado escritor, Gustav von Aschenbach, llega a la ciudad de los canales con objeto de reafirmar su talento, en cambio, Visconti reemplaza al personaje por un compositor (alter ego de Gustav Mahler) que ha perdido su inspiración con el paso de los años.

La vejez como antesala de la muerte

Los temas centrales son el tiempo inexorable (vejez) y la propia muerte. Pero no es la muerte de un sujeto cualquiera, sino de un artista. Hay una dicotomía que el paso de los años parece acentuar: la trascendencia no tiene relación con la vida privada, conforme transcurre el tiempo los “deseos” del compositor se vuelven más inalcanzables y por ende su obra va declinando por la falta de pasión.

Es una época en que el nazismo muestra las primeras cartas, con la creciente persecución de las minorías, sexuales y étnicas, hay que entender que el reconocimiento del propio Mahler fue opacado por su ascendencia judía.

La belleza como aspiración del arte

Hay un discurso en torno a la belleza, que es incluso más pura que el arte, aun siendo su expresión una búsqueda de la perfección. En ese sentido, la belleza es perfecta y el arte una aspiración.

El protagonista cae en las redes de Tadzio, un joven de belleza andrógina. Aschenbach es absorbido por esa perfección, no sabe si lo que busca es un hombre o una mujer y ese arrebato de los sentidos lo conflictúa en lo moral y en su desempeño artístico. Ha perdido el espíritu y sucumbido a las pasiones del cuerpo, aunque en ningún instante Gustav se atreve a algo más que observar el objeto de su deseo desde la distancia. Su tiempo ha pasado junto con sus bríos creativos. Ahora carece del vigor necesario y la dicotomía entre su vida privada y su obra se vuelve abismal.

Lo estético como expresión elevada de lo humano

Muerte en Venecia (ver tráiler) despliega imágenes muy bellas y la música de Mahler lo complementa a la perfección. Hay algo trágico en la historia y no es la muerte en sí misma, ronda la idea de que el artista debe pagar un precio por crear su obra, esa belleza que le menciona su amigo músico, debe alimentarse de un alma viva y lamentablemente la vejez trae consigo decadencia, primero del cuerpo y luego influirá sobre la obra.

La carga intelectual de Muerte en Venecia es apabullante y da pie a varias vertientes explicativas. Hay una fuente inagotable de subtemas, pero la carga es tan pesada que al espectador le produce amargura y la sublime actuación de Dirk Bogarde no transmite con palabras ese pesar, sino con gestos de dolor. La obsesión por el joven Tadzio es un último capricho inalcanzable, moralmente, también por la diferencia de edad. El compositor sabe que no compondrá otra sinfonía y el joven utiliza su belleza para propinarle una herida mortal.

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Múltiples vertientes y su simbología

Otro simbolismo es la brecha entre lo culto y su alcance sobre el resto de la población, cuando unos cantores populares irrumpen en los salones del hotel y se presentan en torno burlesco. La aristocracia los admite como bufones y los artistas callejeros, a su manera, demuestran su desprecio.

Hay decadencia no sólo en Aschenbach, cuya salud es cada vez más precaria, sino también en Venecia donde efectúan una desinfección de las calles, en relación a las muertes por cólera que se vienen sucediendo y que las autoridades ocultan para no alejar a los turistas.

A la muerte personal, se suma la del indigente en la estación de trenes, el alejamiento de los huéspedes, calles desiertas. La presencia de la muerte va apoderándose del mundo y la epidemia de cólera simboliza la decadencia de la aristocracia ante el advenimiento del mayor conflicto bélico hasta la fecha y por otra parte se iniciará la revolución rusa.

No sólo la subterránea expansión de la epidemia, otro símbolo de la muerte y el paso del tiempo serán el reloj de arena, el deterioro de las calles, la humedad por doquier.

La trascendencia del arte

Ni la vejez, ni la enfermedad, impedirán al ser humano el goce estético. El arte da sentido a la vida y extiende su significado. La apreciación de la arquitectura, la música, las letras permiten a las personas una mayor y más compleja comprensión de la existencia. Las imágenes de la película son evocadoras, carecen de temporalidad, el arte por sí solo permitirá trascender a la muerte y Visconti emplea la música de Mahler para dar cohesión a la belleza del entorno.

Los espejos de Luchino Visconti

Por último, Muerte en Venecia es una obra de espejos que encierra varias historias paralelas. La del autor de la novela que casualmente era homosexual, la del propio Mahler que sufriría los embates del incipiente nazismo y la de Aschenbach que en el guion no sólo comparte nombre de pila, sino también la excelencia musical. Por su parte, Luchino Visconti está envejeciendo y en la obra plasma su impronta como aristócrata transitando sus últimos años.

La película es una reflexión de lo que significa el arte para un artista.

Ficha técnica

Título original: Morte a Venezia

Año: 1971

Duración: 127 minutos

Producción: Italia

Dirección: Luchino Visconti

Guion: Luchino Visconti, Nicola Badalucco (Novela: Thomas Mann)

Reparto: Dirk Bogarde, Björn Andrésen, Silvana Mangano, Marisa Berenson, Mark Burns, Romolo Valli

Música: Gustav Mahler

Fotografía: Pasqualino De Santis

Género: Drama / Homosexualidad / Pandemia / Película de culto

Calificación: 9/10

Aníbal Ricci Anduaga es escritor y ensayista chileno que comenzó su trayectoria literaria hace más de 30 años, influido por su formación humanista y su profunda vinculación con el cine y la reflexión filosófica sobre la imagen. Ha realizado estudios y cursos de apreciación cinematográfica, participando en ciclos dedicados a directores como Wim Wenders, Werner Herzog, Rainer Werner Fassbinder, Federico Fellini, Krzysztof Kieślowski y Stanley Kubrick, influencia que se refleja en su obra ensayística Reflexiones de la imagen (2014), centrada en el análisis cinematográfico desde una perspectiva filosófica. Es autor de las novelas Fear (2007), Tan lejos. Tan cerca (2011), El rincón más lejano (2013), Siempre me roban el reloj (2014), El martirio de los días y las noches (2015) y El pasado nunca termina de ocurrir (2016), así como de los libros de relatos Sin besos en la boca (2008) y Meditaciones de los jueves (2013). Su obra aborda temas como la identidad contemporánea, el poder, la memoria, la depresión y el conflicto entre lo tangible y lo onírico. Ha participado en diversas antologías, entre ellas Tren de Aterrizaje, Hombres con Cuento, Justos y Pecadores, Microrrelatos de Amor y Desamor y Dispara usted o disparo yo.

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