El sillón vacío

   Imagina que eres mujer, nacida en un entorno rural de principios del siglo XX, en el seno de una familia cuyo patriarca emigra y abandona a su mujer y sus hijos y consigues sacar adelante al resto de miembros dando clases particulares, formarte en la universidad, participar de primera mano en las cuestiones pedagógicas…

   Imagina que eres mujer, nacida en un entorno rural de principios del siglo XX, en el seno de una familia cuyo patriarca emigra y abandona a su mujer y sus hijos y consigues sacar adelante al resto de miembros dando clases particulares, formarte en la universidad, participar de primera mano en las cuestiones pedagógicas y culturales a nivel nacional y terminar siendo la madre del Diccionario de Uso del Español  (DUE) adelantándote a la mismísima Real Academia Española en los últimos años de tu vida. Enhorabuena, acabas de convertirte en María Moliner.

   Aragonesa criada entre Madrid y Zaragoza, María Moliner se inició en el mundo académico en la Institución Libre de Enseñanza, un proyecto pedagógico apoyado por paisanos como Joaquín Costa y Santiago Ramón y Cajal, entre otros muchos intelectuales españoles de la época que incluía también a otras mujeres, al igual que posteriormente hizo la propia María, como María de Maeztu o María Zambrano. Tras concluir el bachillerato, ya en Zaragoza, se formó como filóloga y lexicógrafa en el Estudio de Filología de Aragón, además de licenciarse en Historia por la Universidad de Zaragoza en 1921, con las máximas calificaciones e incluso el Premio Extraordinario.

   Tras su brillante carrera académica, María Moliner decidió formar parte del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, siendo destinada en agosto al Archivo General de Simancas tras superar las oposiciones pertinentes. Tras su matrimonio, vivió en ciudades como Valencia o Murcia, lugar en cuya universidad impartió clase durante 1924, siendo la primera mujer en conseguirlo. A pesar de la represión franquista que sufrió su familia, especialmente su marido, María continuó con una trayectoria profesional impecable, llegando a dirigir la biblioteca de la Universidad de Valencia o trabajando en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, llegando a ser su directora hasta su jubilación en 1970.

   Sin embargo, ¿qué es lo que María tiene tan especial? Visualiza a una señora de mediana edad en su casa, escribiendo prácticamente a la luz de las velas escribiendo con la ayuda de un lápiz y una máquina de escribir lo que luego se convertiría en uno de los diccionarios más importantes de nuestro país. La rutina que machacaba a la Moliner en la biblioteca de la Escuela de Ingenieros la ayudó a fantasear con un diccionario mejor a los que había en la época, llenos de muletillas y referencias inútiles que tanto le crispaban. Esta tarea, en principio de unos meses, se alargó durante quince años en los que realizó un estudio exhaustivo de documentos como periódicos ya que, según ella, en éstos se recogía una lengua viva, las palabras que se utilizaban ahí y en ese momento y con las que dotó a su diccionario de unas bases realistas. No obstante, hay que destacar que no figuran en el DUE las palabras malsonantes, quizá uno de los ejemplos de mayor vivacidad de las lenguas y, al mismo tiempo, uno de los grandes defectos de este diccionario.

   La importancia de este documento fue tal que María Moliner anticipó, incluso, la ordenación actual de la LL en la o de la CH en la C (criterio que la RAE comenzaría a usar a principios de los años noventa). Sin embargo, y aunque escritores y amigos como Dámaso Alonso llegaron a proponerla como candidata a ocupar un sillón en la RAE. Podría haber sido la primera mujer en llegar a serlo pero ese privilegio fue otorgado, finalmente, a Carmen Conde. No obstante, el sillón al que ella fue nominada terminó en manos de  Emilio Alarcos Llorach. La reacción de la Moliner fue la siguiente:

Sí, mi biografía es muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario. Es decir, yo no tengo ninguna obra que se pueda añadir a esa para hacer una larga lista que contribuya a acreditar mi entrada en la Academia (…) Mi obra es limpiamente el diccionario. Más adelante agregaba: Desde luego es una cosa indicada que un filósofo -por Emilio Alarcos- entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: «¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia

   ¿Por qué María Moliner jamás ocupó un sillón en la RAE si, gracias a su trabajo, ésta academia es hoy en día lo que es? Algunos la acusan de no ser muy clara a pesar de sus buenas intenciones, probablemente porque su formación inicial no estaba basada en la filología ni la lingüística. Así lo resume su biógrafa actual, Inma de la Fuente:

Porque era una intrusa, en cierto modo. Porque estudió historia en la universidad de Zaragoza, pero había encarrilado su vida por el mundo de los archivos y bibliotecas y no estaba considerada filóloga. En aquel momento sí que influyó el que fuera mujer. Una mujer que se pone a hacer un diccionario, pero no el diccionario que inicialmente quería hacer, sino un diccionario que además cuestionaba el de la RAE. Creo que fue admirada, pero no valorada

   Sea como fuere, hoy en día María Moliner es ampliamente reconocida y admirada, especialmente entre aquellas personas que han dedicado su vida al estudio de las lenguas. En Zaragoza, la ciudad que la vio formarse y encarrilarse a lo que finalmente fue, da nombre a varios centros escolares, asociaciones e incluso dos bibliotecas (una de ellas, precisamente, la de la Facultad de Filosofía y Letras en la que estudió). Así que, cada vez que abras un diccionario, recuerda a María ya que, gracias a ella, puedes ampliar tus conocimientos léxicos con algo tan fácil como abrirlo.

Para más información, la página de María Moliner.

Escrito por Julie de Lespinasse



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