María, esclava de los amores

Un 24 de julio de 1567, María Estuardo dejaba de ser reina de los escoceses al abdicar forzosamente en su hijo Jacobo, de apenas un año de edad, si bien ella jamás dejó de considerarse la monarca de esas tierras al norte de la isla de Gran Bretaña con fama de salvajes. Y es que María…

   Un 24 de julio de 1567, María Estuardo dejaba de ser reina de los escoceses al abdicar forzosamente en su hijo Jacobo, de apenas un año de edad, si bien ella jamás dejó de considerarse la monarca de esas tierras al norte de la isla de Gran Bretaña con fama de salvajes. Y es que María había llevado – literalmente – desde que nació en la pesada corona de un territorio que, más de país, era un conjunto de familias casi tribales que se repartían por las Lowlands y las Highlands deseosas de hacerse por el poder y dispuestas, a toda costa, a hacer y deshacer acuerdos con tal de llegar a sentarse en el trono.

   Mucho se ha hablado de María Estuardo y casi nunca de forma objetiva. Y es que es prácticamente imposible poder hablar de la Queen of Scots sin juzgarla ya que su reinado fue de todo menos apaciguado. No hay más que conocer que su coronación se produjo cuando contaba con seis días de edad y tras la muerte de su padre, Jacobo V y saltándose, en cierto modo, la ley Sálica (ya que en Escocia las mujeres únicamente heredaban el trono cuando todos los descendientes masculinos se habían extinguido). Los entresijos de su intensa vida, sus relaciones amorosas, su tira y afloja con Isabel I de Inglaterra y, sobre todo, su condición de mujer poderosa a la par que ardiente, provoca que aquellos interesados en su persona no queden indiferentes y se dividan en aquellos que la aman y aquellos que la odian. María Estuardo, ¿fue realmente reina de Escocia o esclava de sus amores?

UN AMOR INFANTIL

   Siendo apenas una niña, fue prometida a Francisco, hijo de Enrique II de Francia, con quien se casó siendo adolescente. La boda se celebró con toda clase de lujos en la catedral de Notre Dame en París. Si bien Francisco era un niño enfermizo, María destacaba por su belleza, su vivacidad y su inteligencia, que se manifestaba por su dominio de los idiomas (francés, latín, griego, español e italiano, además de su escocés nativo) y su amor por la música y la literatura. La nueva Delfina resplandecía en una vida que pronto se oscurecería: su suegro, Enrique II, moría durante la celebración de la boda de su hija Isabel con Felipe II de España tras un fortuito accidente con una lanza. María se convertía, entonces, en reina de Francia.

   Junto a su marido, María intentó luchar contra las ambiciones de Antonio de Borbón, rey de Navarra y su hermano Luis I de Borbón, príncipe de Condé a la par que debía lidiar con Catalina de Médici, madre de Francisco y ahora reina madre, relegada a un segundo plano. La admiración de la corte por María, que entonces se mostraba juvenil y muy inocente, provocaba todavía más celos en Catalina. No obstante, y a pesar de los continuos coqueteos de María con algunos de los jóvenes de su corte – especialmente aquellos más dotados para la música y la poesía – , la reina de los escoceses permaneció fiel a Francisco hasta el día de la muerte de éste, pocos meses después, dejando atrás un amor que no dejaba descendencia alguna, pues se había basado en un profundo cariño desde la a inocencia.

   María, pues, regresó apesadumbrada a Escocia tras pasar sus últimos años en la intelectual corte francesa. Algunos dicen, incluso, que María fue reina de Escocia, pero jamás de los escoceses, pueblo al que tenía por bruto y poco ilustrado. Sin embargo, entre aquellos rudos cortesanos apareció uno que volvió a recordarle sus tiempos en la corte de Francia. Enrique Estuardo, duque de Albany, conocido como Lord Darnley y primo hermano suyo se convertía en su segundo marido en 1565, un lustro después de haber enviudado. Con Enrique, María conocería, al fin, la pasión propia de una mujer que ya contaba con veintitrés años.

UN AMOR PASIONAL

   Aquel joven de rasgos delicados amante de la música y la poesía que había cautivado a María pronto se rebelaría como un muchacho caprichoso. Si bien durante sus primeras semanas como matrimonio la pasión entre ambos era tan ardiente que apenas se despegaban, muy pronto la convivencia comenzó a hacer mella en ambos. A pesar de ser marido de la reina (con estatus de consorte), el consejo real no contaba en absoluto con él tras las continuas quejas de muestras de arrogancia que Enrique mostraba, en parte, tras la negativa de María a hacerle su sucesor en caso en el que ella muriese. No obstante y puesto que María pronto quedó embarazada del que sería el único hijo de ambos, este problema de sucesión quedó pronto a un lado y, la voz de Enrique, enmudecida. Se sabe, incluso, que María sentía cada vez más repulsa por el que era su marido mientras que éste, a pesar de su comportamiento infantil, seguía amando a María más que a nada.

   Por aquél entonces, David Rizzio era el secretario personal de la reina María. Este italiano atrajo rápidamente la atención de la joven monarca al formar parte del grupo de músicos de la corte escocesa y entró a formar parte de su círculo más íntimo, tanto, que los rumores pronto comenzaron a expandirse. Se decía, incluso, que el hijo que María esperaba no era de Lord Darnley sino del italiano. Con la excusa de esta presunta relación extramatrimonial nacida, muy probablemente, de los celos del rey consorte, se llevó a cabo uno de los complots que más marcarían la vida de la reina y que, sin duda, cambiaría para siempre su comportamiento: el propio Lord Darnley, su marido, junto a otros nobles, entraron en el palacio de Holyrood (en Edimburgo) y se colaron en la habitación en la que María y Rizzio cenaban, atrapando a éste último y asestándole un total de cincuenta y seis puñaladas delante de la propia reina, que intentaba zafarse de los nobles que la sujetaban como podían mientras gritaba, rota de dolor, y juraba para sí misma que vengaría este acto.

UN AMOR ENFERMIZO

   La relación de María y Enrique, mala ya a los pocos meses de haber contraído matrimonio, tomó un cariz todavía más amargo. Hacía varios años que James Hepburn, IV conde de Bothwell, rondaba por la vida de la monarca. Aunque en un principio no había gozado de demasiada trascendencia más allá de la que le dotaba su carácter violento, poco a poco, y tras el asesinato de Rizzio, fue haciéndose íntimo de la reina hasta, probablemente, convertirse en su amante (mientras ambos, es necesario nombrar, seguían casados).

   Esta relación muy probablemente se basaba en la absoluta dependencia de María hacia un hombre de cuyo amor se ha dudado bastante. Tras haber dado a luz a Jacobo, futuro rey de Escocia y de Inglaterra, María sentía la necesidad de deshacerse de Darnley para casarse con Bothwell. Enrique estaba muy enfermo de sífilis y las continuas visitas de María hacían pensar que se estaban reconciliando antes de la muy probable muerte de éste. Pero ni María ni la nobleza quería esperar. Gracias a Bothwell, se ungió un plan de asesinato que termió con la vida de Darnley tras la explosión de la casa en la que se estaba recuperando de su enfermedad. Aunque jamás se produjo ninguna acusación directa, en todo Edimburgo se sabía perfectamente quién era el autor de la masacre.

   Se dice que la reina de Escocia quedó embarazada poco después de gemelos de Bothwell y que, para intentar legitimar en cierto modo este embarazo y no caer en el deshonor, Bothwell y María fingieron el secuestro de ella, que habría incluido una violación de la cual ella habría quedado encinta, no quedando otro remedio que el matrimonio. Una excusa completamente surrealista que escandalizó a toda Europa, provocando que la nobleza escocesa se volviese contra ambos, persiguiéndolos y encarcelándolos hasta que María abdicó en favor de su hijo poco después de haber sufrido el aborto de los gemelos que esperaba, si bien jamás dejó de considerarse reina de Escocia de forma pública (de ahí que la relación entre Jacobo y su madre fuese siempre tan negativa que muy probablemente él favoreció la sentencia a muerte de la reina Estuardo y no hiciese absolutamente nada por evitarlo).


   El resto de la historia ya la conocemos. María huyó a Inglaterra confiando en que su prima Isabel fuese a recibirla con los brazos abiertos; sin embargo, no fue así. Las famosas cartas del cofre (o de la arqueta), de cuya autenticidad se dudaba incluso entonces, provocan el encarcelamiento (eso sí, en palacios y con cortes personales) de María hasta el día de su sentencia a muerte, tras una conspiración de la que quizá la reina Estuardo fue únicamente una víctima.

   Es probable que, como reina de Escocia, como mandataria , no fuese la mejor opción ni pase a la historia como una de las mejores monarcas del país pero es innegable que luchó, pese a su condición femenina, contra todos aquellos fantasmas que quisieron arrebatarle el trono desde que contaba con seis días. Buscó incansablemente el amor, pasando por todos sus estados a través de sus tres maridos y siendo una incomprendida para los tres, que probablemente nunca la vieron como la auténtica mujer que era sino como un muñeco con una corona a la que demasiadas personas aspiraban. Quizá, sabiendo lo desgraciada que había sido en su vida, María decidió bordar esta frase en su ropa de fiesta:

«En ma Fin gît mon Commencement» («En mi final está mi comienzo»)

Escrito por Julie de Lespinasse



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