125 años del nacimiento de María Moliner

125 años del nacimiento de María Moliner

📖 María Moliner fue capaz de ordenar más de 80.000 palabras, y ser la primera mujer que dió clase en la Universidad de Murcia (en 1924)

Ayer hizo justamente 125 años, el 30 de marzo de 1900, nació en Paniza, Zaragoza, María Moliner. Su infancia transcurrió entre Madrid y Zaragoza.

Su padre, médico rural hasta entonces, había conseguido un puesto en la marina y debieron trasladarse a la capital antes de que María cumpliera cuatro años. Allí, fue matriculada junto con sus hermanos en la Institución Libre de Enseñanza hasta que, en 1915, volvió a Zaragoza.

La vuelta a Aragón

Resulta que su padre, a quien le destinaban a largos viajes de trabajo a América, no regresó del uno de ellos. Se quedó en Argentina y los abandonó. Dejó de enviarles dinero así que Matilde, la madre de María, pensó que era mejor volver con sus tres hijos a Aragón donde tenían familia que les podría ayudar en su nueva situación.

Ya en Zaragoza, María pudo aportar algunos ingresos a la familia dando clases particulares durante el bachillerato y trabajando como lexicógrafa en el instituto de Filología de Aragón mientras estudiaba la carrera. 

Se graduó con Premio extraordinario en 1921 pero no pudo licenciarse en Filología porque en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza solo existía la especialidad de Historia.

Tuvo muy claro que su vocación estaba entre libros y palabras y, un año más tarde, aprobó las oposiciones para el Cuerpo Nacional de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.

Fue destinada a trabajar en el archivo de Simancas primero y en la delegación de Hacienda de Murcia después. Allí, fue la primera mujer que dió clase en la Universidad de Murcia en el año 1924.

El titular de la cátedra de física general de esa universidad era Fernando Ramón, algo mayor que ella, con el que se casó un año después y se trasladó a Valencia, donde él comenzó a dar clases y ella a trabajar en la Biblioteca Universitaria. 

María Moliner durante la Segunda República

A María le gustaba reflexionar y buscar sentido a los libros y papeles que catalogaba y era una firme defensora de la universalidad de la cultura.

Escribió varios  artículos sobre archivística y difusión cultural y colaboró con las Misiones Pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza hasta que el Gobierno de la República le encargó la organización de un programa nacional para dotar de bibliotecas a todos los pueblos de España.

El programa fue un éxito con más de 5.000 bibliotecas abiertas. Vista la gran capacidad organizativa que tenía, le encargaron más tarde el diseño del Plan Nacional de Bibliotecas del Estado.

Resulta que su padre no regresó de uno de sus viajes a Argentina. Se quedó allí y los abandonó.

Tras la guerra, la familia Ramón-Moliner vivió la dureza de la depuración franquista del magisterio y perdieron sus trabajos.

María fue degradada 18 puestos en el escalafón del Cuerpo de Archiveros y Fernando perdió su plaza de profesor en la universidad, aunque años más tarde lo rehabilitaron y lo trasladaron como catedrático a Salamanca.

De nuevo la familia vivía una nueva mudanza, desde Valencia se instalaron en Madrid en 1946 y María comenzó a trabajar en su último destino, la Biblioteca de Ingenieros Industriales.

El Diccionario de María Moliner

Al cumplir 52 años, motivada por un diccionario de usos del inglés que le regaló su hijo, quiso escribir ella también uno para su uso y diversión personal. El Diccionario del uso del español fue su proyecto durante los siguientes 15 años, escribiendo sola, en su casa en sus ratos libres, sus más de 3.000 páginas.

La candidatura a la Real Academia Española de María Moliner fue rechazada. Entre los motivos que se comentaron fue el de que no era licenciada en Filología.

Ella se lo tomaba todo con humor y contestaba ácidamente sobre el tema, como en una entrevista que publicaron en ese tiempo en el Heraldo de Aragón:

«Desde luego es una cosa indicada que un filólogo entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ¡Pero y ese hombre cómo no está en la Academia!»​

La mujer que había domado y ordenado más de 80.000 palabras murió en 1981 por la arterioesclerosis que padecía, habiendo perdido la capacidad de hablar en los últimos años.

Este es mi homenaje.

Una caja para la curiosidad

Siendo sincera consigo misma, María pensó que no necesitaba otros zapatos. Volvió a mirar el cuero marrón y la sencillez de sus formas y notó que empezaba a sentirse arrepentida por la compra. En el zapatero de su casa había varios pares y, aunque ninguno era nuevo del todo, tenía que admitir que aún estaban en buen uso. “No ha sido solo por la caja. No me he comprado unos zapatos solo por una caja de cartón, ¡qué tontería!”-se dijo. Pero en el fondo sabía que se engañaba y que su compra estaba motivada por la C. Necesitaba una segunda caja para la C. Llevaba varios años pidiendo a familiares y amigos que le guardaran sus cajas de zapatos y ya tenía las 27 que le habían hecho falta hasta entonces, pero quería una más. Hacía tiempo que ya nadie le traía ninguna y la necesidad la apremiaba. Tenía las cajas apiladas en cinco montones, cada una con una letra, colocadas por orden alfabético, en un rincón del salón. Así era fácil moverlas y abrirlas cuando tenía que incluir una nueva ficha y eso pasaba varias veces al día. Eran fichas de cartulina, las típicas fichas de biblioteca, con una doble raya roja arriba donde solía aparecer el título y rayas azules en las que poner el contenido. Ella cogía una ficha del taco y su pluma Montblanc negra y dorada, escribía una palabra sobre las líneas rojas y su definición según el uso en las azules. Siempre lo hacía con rigor y método. Algunas había podido escribirlas casi del tirón, pero con otras nunca se quedaba satisfecha y las mantenía sin terminar, apiladas sobre la mesa, hasta encontrar una mejor definición, más certera y apropiada u otro uso que se le escapaba en un primer momento. Parecía que esas palabras tenían vida propia y no deseaban dejarse encorsetar fácilmente, se parecían un poco a ella con su testarudez y por eso les tenía cariño.

María se levantaba temprano y se dirigía al salón, donde estaba la mesa más grande de la casa, para repasar y rellenar sus fichas. Cuando sus hijos y su marido se levantaban, tenían que apartarlas para poder tener sitio para desayunar. Luego salía de su casa en la calle Cervantes para dirigirse a su trabajo en la biblioteca de la Escuela de Ingenieros Industriales donde podía seguir pensando en las expresiones y usos que tenían las palabras de sus fichas. Continuar organizando las palabras, esa parte pequeña de algo tan grande como es un idioma.  Al volver a casa por la tarde, extendía de nuevo las tarjetas en la mesa y se concentraba otra vez, tanto, que ni siquiera se le oía respirar, solo el roce suave del plumín sobre la cartulina.Hacía ya semanas que varias palabras que empezaban por la C esperaban su sitio. Cuando quiso meter la ficha de “curiosidad” la caja dedicada a esta letra estaba ya llena. “Tengo a la curiosidad esperando, hay que buscarle un buen sitio. No es una palabra dócil ni vulgar, es el origen de muchas cosas, un vocablo inquieto.” Cogió la nueva caja, sacó los zapatos colocándolos en el zapatero y se sentó con ella en la mesa. Miró a las fichas paseando su vista por las palabras en las que estaba trabajando esos días sin detenerse demasiado y sonrió. Luego, en la tapa de cartón de la caja escribió “C desde curiosidad”. Colocó la tarjeta del término dentro, la apartó a un lado y siguió rellenando sus tarjetas.

María Moliner fue capaz de domar y ordenar más de 80.000 palabras, además de convertirse en la primera mujer que dió clase en la Universidad de Murcia (en el año 1924).