La chica de la aguja (2024), la pobreza como origen de la maldad

La chica de la aguja (2024), la pobreza como origen de la maldad

«La chica de la aguja» es la representante danesa como mejor película extranjera en los Oscar 2025, filmada en blanco y negro recrea el mundo despiadado de Copenhague hacia fines de la Primera Guerra Mundial.

Dirigida por Magnus von Horn

«La chica de la aguja» fue la candidata a los Oscar 2025 como mejor película de habla no inglesa, esta cinta danesa filmada en blanco y negro recrea el mundo despiadado hacia fines de la Primera Guerra Mundial.

La pobreza está presente en todo el metraje y un halo determinista transforma a la ciudad de Copenhague en un lugar siniestro donde muchos hombres han partido al frente, donde escasea el trabajo y una mujer de origen humilde no tiene oportunidades para sobrevivir.

Karoline no tiene dinero y ha sido desalojada de la vivienda que compartía con su esposo desaparecido. Encontrará empleo en una fábrica de telas y se enredará con el dueño, que la deja embarazada y la abandona al ser incapaz de contrariar a una madre que pertenece a la nobleza.

El filme inicia con el despliegue de rostros deformados, un toque que surrealismo con incrustaciones hacia el final, muy bien ejecutados, todos los personajes representan seres odiosos que el director aborda de manera brutal. En general el filme utiliza planos fijos donde la acción fluye inexorable hacia un derrotero inútil. Para bañarse hay que acudir a lugares públicos donde la desnudez acentúa la precariedad. Sólo importa el día a día y el mal se cuela por todas las rendijas.

El uso del blanco y negro (Michal Dymek) recuerda al neorrealismo italiano y el telón de fondo social así lo refuerza.  En este caso muestra la pobreza desde un ángulo frío y los rostros de las personas acusan dolor desde unas miradas perdidas.

El ser humano, a diferencia del reino animal, viene al mundo desprovisto de protección y sin el apoyo de adultos difícilmente podrá seguir con vida. Copenhague representa un lugar sin horizontes, pareciera que nadie podrá construir una vida, a excepción (otra mentira) de los doctores y abogados que pueden «obrar bien».

El título del filme (La chica de la aguja) tiene que ver con ese intento de aborto realizado en público, la protagonista es tan pobre que carece de privacidad incluso en ese momento.

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Dará a luz a una niña y acude a una señora que se ha mostrado amable en el pasado. Regenta un lugar que busca destino a niños no deseados, supuestamente entre buenas familias. Según ella, les da una oportunidad en este mundo horrible donde hay que aparentar normalidad.

Magnus von Horn nos muestra la cotidianidad de la ciudad. Pareciera que la vida transcurre a ese ritmo lento, pero tras la fachada nada es normal y el lugar de acogida es un negocio clandestino donde se comercian niños recién nacidos.

Las clases sociales son muy marcadas y sólo hay unos pocos privilegiados. Cada habitante debe conformarse con lo que le ha tocado, sin lamentarse ni quejarse, el «determinismo» en este mundo no supone escapatoria.

La banalidad del mal y la inmediatez de la pobreza

Karoline realiza labores deshumanizantes y establece una conexión utilitaria con los bebés de tránsito e incluso con la hija de la regenta. Cree haber encontrado algo de estabilidad en ese hogar que opera bajo la fachada de una dulcería. Hasta que una horrible verdad vuelve lo bizarro en algo inmoral. La regenta le convida éter para mantenerla sedada y sujeta a lo inmediato. La maldad se apodera de todo alrededor y la droga es lo único que le permite levantarse al día siguiente.

La maldad es inconmensurable, se cuela por todos los rincones, hay gran mérito Magnus von Horn para habernos mantenido concentrados en algo tan retorcido y al enterarnos de que «La chica de la aguja» está basada en hechos reales, resulta peor de lo imaginado.

La policía va a conjurar las actividades delictuales y ante el juez la regenta finalmente muestra su rostro real, monstruoso y desafiante, sin remordimientos por sus actos.

Karoline zafa de la justicia (la regenta ha sido leal quizás por única vez) y logrará adoptar a la hija de la regenta que suponemos se pudre en la cárcel.

El espectador querrá darse un respiro con ese final, pero el director deja una puerta abierta hacia más oscuridad.

Aníbal Ricci Anduaga es escritor y ensayista chileno que comenzó su trayectoria literaria hace más de 30 años, influido por su formación humanista y su profunda vinculación con el cine y la reflexión filosófica sobre la imagen. Ha realizado estudios y cursos de apreciación cinematográfica, participando en ciclos dedicados a directores como Wim Wenders, Werner Herzog, Rainer Werner Fassbinder, Federico Fellini, Krzysztof Kieślowski y Stanley Kubrick, influencia que se refleja en su obra ensayística Reflexiones de la imagen (2014), centrada en el análisis cinematográfico desde una perspectiva filosófica. Es autor de las novelas Fear (2007), Tan lejos. Tan cerca (2011), El rincón más lejano (2013), Siempre me roban el reloj (2014), El martirio de los días y las noches (2015) y El pasado nunca termina de ocurrir (2016), así como de los libros de relatos Sin besos en la boca (2008) y Meditaciones de los jueves (2013). Su obra aborda temas como la identidad contemporánea, el poder, la memoria, la depresión y el conflicto entre lo tangible y lo onírico. Ha participado en diversas antologías, entre ellas Tren de Aterrizaje, Hombres con Cuento, Justos y Pecadores, Microrrelatos de Amor y Desamor y Dispara usted o disparo yo.

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