Eloísa y Abelardo: una pasión más allá de los muros eclesiásticos

Los amores trágicos han estado siempre presentes en la historia, tanto real como ficticia. El tándem Romeo y Julieta es ampliamente conocido por todos aquellos apasionados de los amantes desafortunados. Marco Antonio y Cleopatra, Inés de Castro y Pedro de Portugal o Dante y Beatriz son algunos de los nombres que protagonizaron relaciones  reales tan…

Los amores trágicos han estado siempre presentes en la historia, tanto real como ficticia. El tándem Romeo y Julieta es ampliamente conocido por todos aquellos apasionados de los amantes desafortunados. Marco Antonio y Cleopatra, Inés de Castro y Pedro de Portugal o Dante y Beatriz son algunos de los nombres que protagonizaron relaciones  reales tan apasionadas como tristes. Si es cierto que prácticamente cada municipio tiene al menos una leyenda del estilo, la ciudad del amor por antonomasia, París, albergó en el siglo XII una de esas historias que todavía perduran. Como si hubiese sido impresa directamente en las antiguas calles de la misma Isla de la Cité, concretamente en el número 11 del Quai aux Fleurs, la historia Abelardo y Eloísa todavía puede respirarse junto al Sena.

Pedro Abelardo, conocido simplemente como Abelardo, nació en 1079 y fue un conocido filósofo y teólogo francés que siempre suscitó cierto rechazo entre sus contemporáneos por sus ideas innovadoras que respaldaba gracias a su don de la elocuencia. Proveniente de una familia noble francesa, decidió abandonar sus privilegios como primogénito para asistir a la escuela episcopal de Notre Dame.

Eloísa, por su parte, habría nacido entre finales del siglo XI y principios del siglo XII y se habría criado en el convento de Argenteuil (de ahí que éste sea considerado como su apellido, ya que el real no se ha conservado).

El encuentro entre ambos se produjo probablemente hacia 1114 (algunos dicen que 1118), en casa del canónigo Fulberto, tío (o incluso padre) y tutor de Eloísa que consiguió para ella al mejor maestro para sus grandes dotes e inquietudes intelectuales: Pedro Abelardo. Éste, que ya había oído hablar de la grandeza de la joven por las calles de París, se enamoró perdidamente de ella, de su gracia y de su gran dominio de las ciencias literarias gracias a su educación, algo muy extraño en una mujer medieval. Ella, sin embargo, no parecía sentir lo mismo hacia su nuevo maestro, veinte años mayor, por lo que éste echó mano de tretas y artimañas seductoras consiguiendo, en primer lugar, ser huésped en la casa de Fulberto convenciéndolo, además, para poder visitar a su sobrina a cualquier hora del día con la excusa de profundizar en sus enseñanzas. De este modo, la relación entre Eloísa y Abelardo pasó a ser más íntima; en palabras del propio Pedro Abelardo,

« Primero convivimos bajo un mismo techo, para llegar después a convivir bajo una sola alma y parece que ningún grado del amor fue ajeno a nosotros y, como éramos novatos en ello, nos esforzábamos en practicar esos goces »

Eloísa, por su parte, comieenzó a teorizar en esta época acerca de su concepción del amor, extremadamente adelantada a su época y que más tarde le acarrearía grandes problemas. La definición que da Eloísa del amor es triplemente revolucionaria: primero porque era una mujer la que expresaba su opinión sobre este tema, después porque hablaba desde su experiencia personal y, finalmente, porque la diferencia de sexos, para ella, se traducía en diferentes formas de amar. Estas formas de amar, en su opinión, abarcaban incluso elas prácticas sadomasoquistas, que ellos mismos relatan:

« A veces le pegaba, le daba golpes por amor, (…) por ternura (…) y estos golpes eran más dulces que todos los bálsamos. (…) todo lo que la pasión pudiera concebir como refinamiento insólito »

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Estos encuentros amorosos, de los que Fulberto comenzó a sospechar, tuvieron, como lógico resultado, el embarazo de Eloísa, a quien Abelardo decidió llevar consigo hasta el Pallet, ciudad en posesión de la familia de éste y fuera de la legislación del Reino de Francia. Dos años después del primer encuentro entre los amantes, nace su primer y único hijo, a quien nombrarán Astralabio y que se criará con su familia paterna en Bretaña, siguiendo los pasos que en un futuro seguirán sus propios padres pero completamente ajeno a su peculiar historia de amor.

Fulberto, encolerizado por el escándalo de su sobrina, estaba dispuesto a vengarse de Abelardo, que acudió a París para rogar su perdón prometiendo casarse con Eloísa y, de este modo, recuperar su honor, aunque este matrimonio debía celebrarse en secreto para garantizar que su profesión no se viese perjudicada. Sin embargo, Eloísa, al revés de lo que cabría esperar, se mostró completamente contraria a esta unión ya que ella consideraba que el matrimonio era una forma de prostitución femenina y prefería amar de forma libre. No obstante, y a pesar de todos sus argumentos, la ceremonia se llevóa a cabo y la noticia de ésta se extiendió rápidamente por París por boca del propio Fulberto, a pesar de la promesa que éste había hecho a Abelardo.

Eloísa continuó en su empeño de negar el enlace, tanto en público como el privado. Su proyecto manifestó abiertamente que el amor libre estaba por encima de las obligaciones conyugales y que cada esposo debía llevar la vida que éste creyese conveniente. Fulberto no soportaba más nula sumisión de su sobrina al orden familiar y la sometio a violencia física por su obstinación. Para terminar con la tortura, Eloísa, a pesar de su emancipación por el matrimonio pero sin poderse instalar con su marido para no levantar un revuelo y perjudicar su profesión, se instaló en el convento de Santa María de Argenteuil. Su intento de discreción fue completamente inútil ya que Abelardo no dudaba en saltar el muro del convento cada noche para yacer con su esposa.

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Ésto no fue sino el principio del fin, ya que Fulberto comenzó a tramar la desgracia de Abelardo y con la ayuda de algunos amigos, que sobornaron a uno de los sirvientes del filósofo, llevaron a cabo su venganza tal como la expresó el propio Abelardo:

« Me castigaron con cruelísima y vergonzosísima venganza que recibió el mundo con estupor, amputándome aquellas partes de mi cuerpo con las que yo había cometido lo que ellos lloraban »

Cabe decir que la castración, en aquella época, era el castigo impuesto a los acusados de violación.

Siendo consciente de que ya no ppodía compatibilizar su profesión con su vida familiar y de que le era imposible complacer físicamente a Eloísa, Abelardo decidió tomar los hábitos en San Denis. Posteriormente y tras haber sido convencida por su marido, Eloísa hizo lo mismo en Argenteuil, argumentando que “si no podía ser de él, sólo sería de Dios”. Comienzó, pues, una serie de intercambios epistolares que serían conocidos como Las Cartas de Abelardo y Eloísa, en las que ambos siguen reconociendo que se aman mutuamente y que han llegado hasta nuestros días.

Eloísa y Abelardo se encontraron algunos años más tarde, cuando ella y sus hermanas religiosas fueron expulsadas de la abadía de Argenteuil. Abelardo les ofreció una pequeña ermita que él mismo había fundado para que se instalasen y creasen la abadía del Paraclet, que llegó a ser de gran prestigio hasta la Revolución Francesa. Ésta fue la última vez que se vieron.

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Abelardo murió en 1142. Sus restos fueron trasladados de forma clandestina al Paraclet en 1144, donde Eloísa, abadesa, preparó una sepultura frente al altar. Eloísa falleció en 1164, habiendo sobrevivido tanto a su marido como a su hijo Astralabio, que también había tomado la senda religiosa. Su féretro fue enterrado encima del de Pedro Abelardo como último acto de su sumisión. En 1621, sus restos fueron trasladados a un panteón mandado construir especialmente para ellos y ubicado en la cripta, bajo el altar del Paraclet.

Actualmente, ambos reposan en el cementerio del Père-Lachaise, en séptima división, desde el 16 de junio de 1817.

Fuentes
Cartas de Abelardo y Heloísa. Traducción de Cristina Peri-Rossi. Palma de Mallorca, 1989.
ANDERSON, B.S. y ZINSSER, J.P. Historia de las mujeres: una historia propia. Barcelona, 1992.
BERTINI, F. (editor). La mujer medieval. Madrid, 1991.
DRONKE, Peter. Las escritoras de la Edad Media. Barcelona, 1994

Escrito por Julie de Lespinasse



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