¿Vivir así es morir de amor?

¿Cuántas veces has oído la expresión «morir de amor»? Seguro que más de una durante esta semana, especialmente durante el día de ayer, San Valentín. Sin embargo y aunque lo que nos evoca esta fecha es el amor al prójimo, a lo largo de la historia se han dado historias especialmente turbias en cuanto a…

¿Cuántas veces has oído la expresión «morir de amor»? Seguro que más de una durante esta semana, especialmente durante el día de ayer, San Valentín. Sin embargo y aunque lo que nos evoca esta fecha es el amor al prójimo, a lo largo de la historia se han dado historias especialmente turbias en cuanto a relaciones se refiere. Hoy, y para deshacernos un poco de todo el azúcar producido durante el 14 de febrero, te contamos la historia de las esposas de dos reyes que dejaron su huella en la historia no tanto por sus decisiones políticas sino amorosas. Estamos hablando de Enrique VIII de Inglaterra e Iván IV de Rusia.

PERDER LA CABEZA POR AMOR

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Enrique VIII

Enrique VIII de Inglaterra simbolizó la unión definitiva de las casas York y Lancaster tras la disputada Guerra de la Dos Rosas. Su padre, Enrique VII Tudor era descendiente de los Lancaster mientras que su madre, Isabel de York, era hija del rey Eduardo IV de Inglaterra (uno de los llamados «Tres Soles de York» junto a sus dos hermanos). Este matrimonio simbolizó el comienzo de la dinastía Tudor y el fin de la guerra. A pesar de que el primogénito de los nuevos monarcas de Inglaterra era Arturo, príncipe de Gales, éste murió antes de llegar a reinar, por lo que fue sucedido por Enrique, que ascendió al trono bajo el nombre de Enrique VIII.

La primera esposa de Enrique fue Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y previamente casada con Arturo. De este matrimonio nació María I de Inglaterra pero ningún varón que llegase a sobrevivir, dando lugar a los primeros episodios de obsesión por conseguir un descendiente que tanto caracterizaría los posteriores matrimonios de Enrique. Éste decidió, pues, poner fin a 24 años de matrimonio mediante una Ley que él mismo llevó al Parlamento tras la negativa del papa Clemente VII para que fuese anulado. Ese hecho llevó a la ruptura en 1533 de la Iglesia católica con Inglaterra, fundando la Iglesia anglicana.

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Así pues, la segunda esposa de Enrique fue Ana Bolena, de quien se dice que fue la culpable de todo el escándalo eclesiástico previamente nombrado al seducir, quizá con malas artes, al rey inglés. Ana daría a luz a Isabel I de Inglaterra pero a ningún hijo varón, por lo que acabó perdiendo el favor del monarca y decapitada tras haber sido acusada de adulterio e incesto, muy probablemente de forma falsa pero eficaz a la hora de permitir a Enrique contraer matrimonio por tercera vez.

La ¿afortunada? fue Juana Seymour, que parecía tener un destino más amable que sus

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Eduardo VI de Inglaterra

predecesoras al convertirse en madre de Eduardo VI de Inglaterra. Sin embargo, acabaría muriendo a raíz de unas fiebres derivadas del parto, apenas 12 días después de que éste se produjese. Su sucesora, Ana de Cléveris, apenas fue la cuarta esposa de Enrique durante medio año ya que éste matrimonio nunca llegó a consumarse por su supuesta fealdad. Por foruna para Ana y aunque jamás llegó a reinar, fue nombrada «Hermana del Rey» no perdiendo nunca su favor y siendo una de las personas más cercanas al monarca y a su familia en los años venideros.

Prima de Ana Bolena y conocida como «la rosa sin espina», la joven y aparentemente inocente Catalina Howard contrajo el que fue el quinto matrimonio para Enrique VIII. A pesar de todos los lujos con los que vivía, Catalina no dejó de encontrarse con su amante Francis Dereham con quien tenía una relación desde el comienzo de su adolescencia. Teniendo en cuenta que Enrique VIII ya era un hombre que pasaba la cincuentena y con un cuerpo y un historial poco atractivos, estos encuentros se fueron haciendo cada vez más evidentes hasta que el propio Enrique mandó decapitar a Catalina, que perdió la vida con apenas 22 años.

Así pues, llegamos hasta Catalina Parr, la sexta y única esposa que sobrevivió a Enrique y la responsable de que éste se reconciliase con sus hijas María e Isabel, quienes le sucederían tras a muerte del heredero Eduardo a los 15 años.

LA LOCURA DEL AMOR

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Iván IV de Rusia

Que a Ivan IV de Rusia se le conozca con el sobrenombre de «el Terrible» ya nos hace sospechar que la convivencia a su alrededor no era para nada sencilla. Sus padres, los Grandes Príncipes de Moscú Basilio III y Elena Glínskaya murieron cuando él aún era un niño, lo que provocó el ascenso al poder y las continuas humillaciones por parte de la familia de los boyardos (nobleza rural) a pesar de que Iván fuese coronado Gran Príncipe. La dureza de las condionces sociales y económicas en las que vivía muy probablemente oscureció el carácter de Iván, que con apenas 13 años ya mandó despedazar al príncipe Andréi Shuiski. Al poco tiempo y tras determinar que descendía del linaje de los primeros césares romanos, Iván fue nombrazo primer zar de Rusia.

En cuanto a su vida sentimental, puede destacarse que ésta fue tan prolífica como dramática. A pesar de que la iglesia ortodoxa permitía únicamente tres matrimonios, Iván llegó a tener ocho mujeres.

La primera, Anastasia Románovna Zajárina, era hija de un boyardo y responsable del nombre de la dinastía de los Romanov. Fue escogida como esposa tras una selección realizada en el Kremlin entre varias jóvenes nobles (recordemos el artículo que publicamos hace unos meses sobre El concurso de novias más antiguo de la historia). De este matrimonio nacieron seis hijos: Ana, María, Dmitri, Iván, Eudoxia y el futuro

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Teodoro I de Rusia

Teodoro I. Anastasia era capaz de mantener el carácter violento de su marido, que se acrecentó tras la muerte de ésta, aparentemente envenenada. Sin embargo, este crimen no fue probado durante el reinado de Iván dado los escasos medios forenses de entonces por lo que éste, lleno de rabia, mandó ejecutar a todos aquellos que habían fracasado en confirmar el asesinato.

María Temriukovna fue la segunda mujer del zar e hija de un príncipe musulmán. Ambos engendraron a Basilio, que murió poco tiempo después de su nacimiento. Fue pronto aborrecida por su marido al considerarla analfabeta y también por el pueblo, que la creían manipuladora. Falleció en extrañas circunstancias, muy probablemente también envenenada y siendo sucedida por Marfa Vasílyevna Sobákina, que murió apenas 16 días después de su matrimonio, también envenenada.

Diferentes destinos pero igual de trágicos vivieron Ana Ivánovna Koltóvskaya, Ana Grigórievna Vasílchikova y Vasilisa Meléntieva, las tres encerradas en un convento. Mientras que las dos Anas fueron llevadas tras el primer año de matrimonio por circunstancias que no se terminan de conocer, Vasilisa tomó un amante que fue empalado antes de que ella ingresase en el convento.

En cuanto a María Dolgorúkaya, su séptima novia, no fue encontrada virgen durante la noche de bodas e Iván la mandó ahogar al día siguiente.

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Zarévich Dimitri

Por último, María Fiódorovna Nagaya, octava esposa de Iván, dio a luz al zarévich Dimitri. Tras la muerte de Iván, ella y su hijo fueron enviados al exilio, donde se produjo la extraña muerte a base de puñaladas de Dimitri. María tuvo que ingresar en un monasterio y sólo pudo salir cuando reconoció al falso Dimitri I como zar.

Pero esa es otra historia.

Escrito por Julie de Lespinasse



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